sábado, 29 de abril de 2017

Bajo el árbol de los toraya, Philippe Claudel

Decía Philippe Claudel, en un determinado momento de su primera novela "Almas grises" una frase tan simple como intensa: "Las buenas personas se van pronto. Todo el mundo las quiere, y la muerte también". "Almas grises" fue mi primera toma de contacto, hace ya unos cuantos años, con la escritura de este autor y cineasta francés al que me rendí incondicionalmente al comprobar que toda su producción posterior estaba a la altura de aquella primera obra que tanto disfruté.
A "Almas grises" le siguieron "La nieta del Sr. Linh", "El informe Brodeck", "Aromas" y ahora, "Bajo el árbol de los toraya", todas ellas publicadas por Ediciones Salamandra y entre las cuales resultaría muy difícil, sino imposible, elegir la mejor de todas, porque todas y cada una de ellas conforman el personal universo, intimista, cálido y poético que caracteriza el estilo de Claudel.

"Bajo el árbol de los toraya" enlazaría perfectamente con la cita de "Almas grises" que recordaba al principio, porque en esta novela más bien breve, Claudel nos habla esencialmente de la muerte, y por extensión, de la enfermedad, la vejez, el paso del tiempo y la necesidad de inmortalizar al menos, los recuerdos.

A raíz de un viaje por las islas Célebes, el narrador, probable alter ego de Claudel,  conoce el pueblo de los toraya y sus curiosos ritos funerarios, su especial relación con los seres queridos que mueren y con los que conviven hasta enterrarlos. Un pueblo cuya concepción de la muerte dista mucho del que tenemos en el mundo occidental, y con costumbres tan peculiares como la de enterrar a los niños fallecidos en edad temprana, en el tronco de un árbol gigantesco que con el paso del tiempo, y a medida que va creciendo, se supone que llevará a las criaturas hacia el cielo. A la vuelta de este interesante y pintoresco viaje, el protagonista/narrador de la novela, se enfrentará a la noticia de que su mejor amigo Eugène tiene cáncer, lo cual será el detonante para escribir esta obra en la que reflexionará sobre la importancia de la amistad y la levedad de la existencia, el incierto devenir que pende sobre nuestras cabezas y que se manifiesta llegada la madurez, en forma de pérdidas irreparables.

El narrador, recién cumplidos los 50,  repasa su vida, hace recuento de los amigos que han fallecido y se da cuenta de que hasta el momento todavía han sido pocos, casos aislados, por suicidio o accidente;  pero ahora la vejez va avanzando, y con ella la enfermedad que aguarda silenciosa y ataca implacable cuando llega el momento. La muerte empieza a ser algo más que una sombra en el futuro, se convierte en una certeza cada vez más evidente y cercana. Ahora le ha tocado a su amigo Eugène luchar y perder frente al cáncer, por lo que el narrador a través de la escritura, intentará preservar la memoria, los recuerdos y experiencias vividas con su amigo, de manera que el texto se convierta en su particular árbol de los toraya.

Pero para los demás la vida sigue. Y al que se queda aun vivo, no le toca otra que seguir viviendo, seguir aferrándose a todo aquello por lo que vale la pena vivir, porque no hay más salida que la avanzar con el paso del tiempo: "El remordimiento, el tiempo, la muerte, el recuerdo no son más que las diferentes máscaras de una experiencia para la que el idioma no tiene nombre, aunque podría designarse de un modo simple con la expresión "uso de la vida". Pensándolo bien, toda nuestra existencia consiste en los experimentos que realizamos con ella. No cesamos de construirnos frente al paso del tiempo, inventando estratagemas, máquinas, sentimientos, señuelos para tratar de burlarlo, traicionarlo, intensificarlo, alargarlo o acelerarlo, suspenderlo o disolverlo como un azucarillo en el fondo de una taza"

El final de la vida cierra un círculo. "La muerte nos convierte a todos en niños" le dice Eugène a su amigo poco antes de morir. Y la novela termina con el anuncio de un futuro nacimiento. Todo acaba y todo empieza de nuevo, la vida se sucede a través de las distintas generaciones de individuos que poblamos la Tierra y quizá, salvaguardando la vida de nuestros descendientes y convirtiéndonos para ellos en sus "árboles de los toraya" lograremos encontrar un nuevo y más amplio sentido de la vida y comprender algo mejor nuestra propia existencia.

Claudel no escribe nada nuevo, nada sobre lo que no se haya escrito antes, el material de su novela son los grandes temas que desde siempre han preocupado en mayor o menor medida, en un momento u otro de la vida a todos los hombres: El sentido de la vida, el deterioro del cuerpo, los estragos de la enfermedad, el miedo a la vejez, el valor de la juventud, la amistad, el amor, la paternidad, el arte... pero lo que convierte en espléndida a esta novela es el estilo, la especial sensibilidad y sutileza con la que Claudel describe sus emociones, sus sentimientos, lo que observa, huele, ve, palpa, sus propias experiencias personales que se proyectan hacia el lector, haciéndole partícipe de lo que piensa y siente. El gran mérito de Claudel reside en que sabe verter en la escritura y convertir todo su mundo personal, fusionando sensaciones y reflexiones intelectuales, en un texto tan sencillo como poético, tan tierno como demoledor, tan visceral como sincero.

Una vez más, leer a Claudel ha sido un intenso y gratificante placer del que queda un volumen salpicado de post-it, fragmentos señalados, anotaciones, subrayados... la garantía de poder volver tantas veces como sea necesario a disfrutar de los mejores pasajes de este libro que no son pocos.




Fotografía del Boulevard literario





martes, 25 de abril de 2017

Dime, Mary Robison

Todo buen aficionado a los relatos y a la literatura norteamericana conocerá con toda seguridad a autores como Raymond Carver, Richard Ford o Tobias Wolff, representantes del llamado "realismo sucio", ese movimiento que se desarrolló sobre todo en los años 70 y que se caracteriza por la búsqueda del minimalismo en la narración. Todos los elementos que construyen el relato, personajes, situaciones, escenarios...son descritos y presentados bajo un mínimo de características. Apenas hay descripciones por lo que adjetivos y adverbios, son reducidos al mínimo indispensable mientras que el estilo directo y los diálogos cobran una gran importancia.
Lo cotidiano, escenas hogareñas, familiares, relaciones entre amigos, amantes, padres e hijos, el día a día, el trabajo, el amor, el sexo...lo que vivimos a diario es la materia prima que el "realismo sucio" transforma en literatura, con más o menos crudeza, benevolencia o ironía según el autor.
A este interesante movimiento también se adscriben escritores como John Fante, Charles Bukowski o Chuck  Palahniuk por citar los más conocidos pero...¿hay también mujeres escritoras formando parte de esta corriente literaria?...


Afortunadamente, haberlas, haylas, pero como suele ser habitual, la visibilidad y el reconocimiento, al menos, popular, es mucho menor que el de sus colegas masculinos. Escritoras como Ann Beattie, Amy Hempel, Lydia Davis, Deborah Eisenberg o la misma Mary Robison de la que hoy hablaremos, podrían considerarse herederas de este movimiento que cada una reinterpreta y desarrolla con estilo propio.


De entre todas ella, Mary Robison es considerada fundadora del minimalismo y una excelente prueba de ello son estos treinta relatos recogidos en el volumen "Dime", publicado por Alba editorial, una selección de todos los que ha escrito Robison a lo largo de veinticinco años de carrera literaria, publicados muchos de ellos por primera vez en la revista "The New Yorker".


El primer efecto que provoca la lectura de los relatos de Robison es parecido al que podemos sentir al enfrentarnos por primera vez a un cuadro impresionista que, según vamos observando con detenimiento nos va sugiriendo cada vez nuevos matices, texturas y colores. Hay relatos que parecen simples esbozos, meras pinceladas que sugieren más que no dicen, personajes que parecen surgidos de la nada, interactuando en espacios apenas descritos que entablan diálogos que empiezan y terminan cuando el lector menos lo espera. Pero resulta curioso que al acabar de leer cualquiera de estos treintena cuentos, sentimos la necesidad de  releerlos de nuevo porque la perplejidad que en algún momento nos provocan se convierte en un toque de atención que mueve el interés por releer la historia y conectar de nuevo y mejor, con los personajes y lo que nos cuentan. Y nos cuentan mucho, porque si algo caracteriza el estilo de Robison es el impecable y magistral uso del diálogo, un diálogo que suele ser rápido, ágil, realista pero también en algún momento, y según quién lo maneja, peculiar y un tanto extraño.
Hacía mucho tiempo que una narración sin apenas contexto ni descripciones no nos enganchaba como lo han hecho estos relatos. No tenemos apenas información de los escenarios ni de los mismos personajes, todo se define a través de los diálogos y éstos resultan un prodigio de acierto y efectividad, porque para narrarnos las historias que a Robison le interesa, no le hace falta apenas ningún recurso narrativo más.


No importa ni el antes ni el después de lo que se nos relata. Da lo mismo, no es relevante para lo que la escritora nos cuenta. Casi como a través del objetivo de una cámara se nos muestra una escena, unos personajes que hablan e interactúan y aun sin apenas descripciones, nos hacemos una idea muy precisa, prácticamente, cinematográfica de la acción y de lo que se nos quiere comunicar.

Los personajes de estos cuentos son personas normales y corrientes, sin grandes aventuras ni acontecimientos especiales en sus trayectorias,  hombres y mujeres de todas las edades y condiciones que pasan por la vida con su mochila de problemas más o menos cargada y con más o menos capacidades para resolverlos. No son los sórdidos perdedores de Carver, ni los desafortunados seres que suelen protagonizar los cuentos de Ford, las criaturas de Robison forman parte de la amplia familia de la Humanidad, podríamos ser cualquiera de nosotros, cualquier ser humano anónimo en cualquier momento de su vida. 

No encontraremos en estos relatos ni grandes alegrías, ni grandes fracasos, ni grandes historias ni sórdidas tragedias, tan solo momentos que por su propia sencillez y por el estilo con que los cuenta la autora, brillan con luz propia y nos ayudan a conocer un poco más a nuestros semejantes y por extensión, a nosotros mismos. La pura esencia y finalidad de la buena literatura, tan real como la vida misma.  



Fotografía del Boulevard literario





miércoles, 19 de abril de 2017

Buenos días, guapa, Maxie Wander

A mediados de los años 70, la editorial Der Morgen, propuso al escritor Fred Wander, un reportaje sobre las mujeres alemanas de la RDA. Afortunadamente, Wander tuvo la brillante intuición de delegar el encargo en su mujer, Maxie, que se entregó en cuerpo y alma a la elaboración del proyecto.

Éste consistió en entrevistar y recoger el testimonio de 19 mujeres de las más diferentes edades y profesiones; mujeres del campo y de la ciudad; solteras, casadas, con o sin hijos...un amplio espectro que trata de trazar un retrato de la situación de las alemanas en la RDA en los años 70.

Pero lo que podría ser un simple ensayo, una recopilación de datos y estadísticas, se convierte, bajo la escritura sutil y certera de Maxie Wander, en una selección de 19 voces que dan vida a 19 relatos, 19 historias que independientemente o en su totalidad, enganchan y consiguen trasmitir más información que la que se desprendería de una lista infinita de datos trasladados de la voz al papel, y todo, gracias al posterior tratamiento literario y emocional que Wander aplica al texto.

Se nota al leer "Buenos días, guapa" que es como se titula este libro que ahora publica errata naturae, que durante las entrevistas debió establecerse una corriente de complicidad y comodidad que contribuyó sin duda a que los testimonios recogidos fluyeran con facilidad, incluso con un grado de intimidad mucho mayor al que la misma editorial que encargó el proyecto, hubiera imaginado. Quizá con Fred Wander, el resultado hubiera sido otro, mejor o peor, no lo sabremos nunca, pero lo que nos atreveríamos a decir es que debido a la condición de mujer de Maxie y a esa sensibilidad que se percibe al redactar las entrevistas, la conexión entre escritora y testimonios debió resultar decisiva para la gestación del texto.

19 son las elegidas y la elección, como decíamos cubre un amplio abanico de edades y condiciones. 9 de ellas son jóvenes adolescentes o veinteañeras, chicas que a pesar de sus pocos años demuestran una extraordinaria madurez y un intenso bagaje vital, algunas, y una notable torpeza emocional, otras. Precoces en el sexo, ingenuas e inquietas, han aprendido a vivir a base de experiencias y desencantos. Ni más ni menos que como aprendemos todos, de ahí lo fácil que resulte empatizar con estas mujeres pues aun cuando el contexto socio-cultural y político difiera del nuestro, sus inquietudes, sentimientos, emociones, problemas, alegrías y sinsabores resultan universales.

Quien no conecte con estas jóvenes, quizá entenderá mejor a las 7 entrevistadas que van de los 30 a los 40 y tantos años. En estas entrevistas, el peso de la historia y la política son mayores. Por esto, y por la misma edad de los testimonios, estas 7 entrevistas son más extensas y más profundas. Se ahonda por un lado, en las relaciones personales, especialmente, las relaciones con el sexo opuesto, amantes, novios y maridos; y por otra parte, en las inquietudes intelectuales y profesionales de cada mujer, que a menudo entran en conflicto con la pareja y el cuidado de los hijos. ¿Os resulta familiar?

El broche a las entrevistas lo ponen las dos últimas, cuyas protagonistas tienen 74 y 92 años y son dos mujeres diametralmente opuestas pero con vidas igualmente complejas y admirables. Es en sus testimonios sobre los que más pesa la sombra de la guerra y el fascismo, y en los que se aprecia con toda su riqueza los registros lingüísticos y los giros que Wander a lo largo de la obra intenta dotar a sus entrevistadas, componiendo un retrato lo más fidedigno y ajustado de ellas.

Que nadie se lleve a error creyendo que este libro es de y para mujeres. Claro que lo es, pero no solo para ellas. Es una obra interesante para historiadores, sociólogos, antropólogos...lectores curiosos, inquietos, que disfruten de un texto interesante y bien escrito, que aun publicado en los 70, sigue teniendo plena vigencia... y lo recomendamos para los hombres, en general, que quieran (y deberían) conocer un poco más a fondo el mundo interior, la mentalidad, los sueños, las emociones, las esperanzas y la lucha diaria que representa aun hoy para las mujeres alemanas, y por extensión, para todas las mujeres del mundo, vivir como quieren para poder llegar a ser lo que quieran.



Fotografía del Boulevard literario


martes, 11 de abril de 2017

"Un día en la vida de una mujer sonriente", Margaret Drabble

A pesar de haber escrito una veintena de novelas, varias obras de teatro, diversos ensayos y estudios monográficos literarios e incluso varios guiones, la escritora británica Margaret Drabble tan sólo ha escrito hasta la fecha 13 cuentos, que son los reunidos en el volumen "Un día en la vida de una mujer sonriente", publicado por la Editorial Impedimenta.

¿Son suficientes poco más de una docena de cuentos para juzgar la calidad de esta autora, muy conocida en su país de origen, pero quizá no tanto en nuestro país, donde probablemente es más famosa su hermana, la también escritora A.S. Byatt?
Resulta aventurado valorar toda la obra de un autor basándonos solo en unos pocos cuentos, pero nos arriesgaríamos a decir que sí, que Drabble es una gran escritora y que estos 13 relatos son una manera perfecta para iniciarse en su escritura y conocer su talento.

Cronológicamente los cuentos están escritos desde 1966 hasta el año 2000, lo cual resulta muy interesante porque permite comprobar que la cronología de las historias va de la mano de la evolución de la propia Drabble, como escritora y como mujer.

En los primeros cuentos se aprecia un estilo más objetivo, un punto de vista que, si bien como mujer que es la autora, tiene una lógica implicación emocional y un amplio conocimiento de la situación femenina en su contexto histórico y socio-cultural, nos cuenta la historia desde fuera. Hay un distanciamiento entre narradora y protagonista, siendo ésta casi siempre una joven anónima. En estos primeros relatos parece que no importa tanto el personaje en sí como tal, sino como ejemplo o prototipo de un gran número de mujeres inglesas de la época, injustamente valoradas por su entorno, con muy baja autoestima y tendencia a tomar más de una copa de vez en cuando.  Drabble despliega situaciones generadas, la mayoría de veces, a partir de matrimonios fracasados, amores rotos, profesiones frustradas, vidas insatisfechas y sin perspectivas claras de futuro, en las que a menudo, los hijos son una posible esperanza al proyectar en ellos el amor y la vida que a sus madres les han sido negados.

Aunque posiblemente haya elementos autobiográficos en todos los relatos, es en los últimos, donde se percibe más la presencia de Drabble como narradora-protagonista. En estos cuentos escritos a partir de los años 90, nos encontramos con mujeres maduras, en plena vejez que, curiosamente en los últimos años de su vida consiguen vislumbrar más esperanza y más ilusión en el tiempo que les queda por vivir, que las protagonistas más jóvenes de los primeros relatos. Será quizá debido a la sabiduría que en mayor o menor grado le llega a uno con la experiencia, en la vejez, pero la actitud vital de Elsa, Emma, Hanna o Mary (ellas sí que tienen nombre propio), asume errores, injusticias y desencantos a cambio de perdón por el pasado, encontrando "la felicidad auténtica y permanente de la contemplación sosegada" y "un interés creciente por los sentimientos comunes y el destino compartido de los seres humanos", como dice en palabras de su admirado Wordsworth, la protagonista del último cuento.

Hay una novela de Vita Sackville-West titulada "Toda pasión apagada" en la que una anciana octogenaria se queda viuda y decide vivir a su aire los pocos años que le quedan. Ha sido inevitable que esta entrañable lady inglesa no nos pasara por la cabeza una y otra vez al leer los relatos de Drabble, y no solo por el enfoque vital que plantea, sino por los escenarios, el idílico y silvestre paisaje del campo británico (la Naturaleza despliega su poder y se convierte en un elemento de interacción esencial en los últimos relatos) y esas viejas mansiones decadentes pero hermosas, posibles metáforas de las mismas vidas de sus moradoras.

Otro referente que se nota en la narrativa de Drabble es Virginia Woolf. Como no pensar en su famosa Miss Dalloway, el leer el cuento que da título al libro, relato en el que acompañamos a su protagonista a lo largo de un día de su vida y en el se condensan y resumen gran parte de los postulados que Drabble pone de manifiesto una y otra vez a lo largo del libro: mujeres aparentemente perfectas, en el hogar, en el trabajo, con el marido, los hijos; bellas, eficientes, felices...tan perfectas que resultan imposibles. Mujeres que en un momento dado se rompen, se quiebran y a partir de la rotura, consiguen recomponer o no, sus pedazos.

Cada uno de los cuentos brilla por sí solo, todos tienen su mensaje y su razón de ser, pero de entre todos ellos destacaríamos el conmovedor "Los regalos de la guerra" y el que da título al libro "Un día en la vida de una mujer sonriente", ambos por su singular potencia narrativa, equilibrada, efectiva y contundente. Y los cuatro últimos relatos, los de madurez, porque después de todo, de todas las peripecias y frustraciones, desengaños, injusticias y maltratos que deben afrontar las heroínas de Drabble, aun hay esperanza para ellas.




viernes, 7 de abril de 2017

"Siempre hemos vivido en el castillo", Shirley Jackson

Shirley Jackson escribió 6 novelas, más de 100 relatos, 2 libros autobiográficos, media docena de cuentos para niños y algunos ensayos, una obra de lo más prolífica si tenemos en cuenta que murió a la edad de 48 años de una ataque al corazón, tras una vida marcada por la neurosis y por enfermedades psicosomáticas, entre las que sufrió: depresión, ansiedad, agorafobia...además de adicción a las anfetaminas, al alcohol y obesidad mórbida.


Hay que reconocer que, aun desconociendo este complejo y poco saludable curriculum vital, las imágenes que encontramos de la escritora tampoco nos transmiten una imagen demasiado serena ni equilibrada. Tras unas vistosas gafas de gato se observa una mirada un punto extraviada, turbia, que con el paso del tiempo parece algo enloquecida.


Sea como sea, los relatos de Shirley Jackson (especialmente destacable el terrible y crudo, "La lotería), o esta novela que nos ocupa, "Siempre hemos vivido en el castillo", publicada por la editorial minúscula, son inquietantes, terroríficos en el sentido más real y menos fantástico con el que un autor pueda escribir.


"Siempre hemos vivido en el castillo" es una muestra perfecta de cómo el lector queda atrapado en una trama donde no hay terror explícito, ni sangre, ni muertos ni fantasmas, ningún elemento sobrenatural que sirva para darnos miedo, y a pesar de todo, vamos leyendo con precaución y temor, porque los personajes, los ambientes, las descripciones nos van conduciendo a través de una historia que se lee con tensión, con el corazón en un puño por la incertidumbre de lo que está por venir.


Sabemos que un suceso del pasado ha marcado el presente de la vida de Merricat Blackwood, de su hermana Constance y del anciano tío Julian, recluidos en un viejo caserón, solos y odiados por sus vecinos. La joven Merricat, siempre acompañada por su gato Jonas, con su carácter taciturno, su mundo personal en el que la magia y las setas venenosas ocupan parte de su tiempo, nos hace imaginar al personaje como una posible bruja, pero ¿lo es?

Hay momentos que incluso la atmósfera de la narración está escrita de tal forma que dudamos de si lo que nos está explicando Jackson es real o es todo imaginario, si los personajes son de carne y hueso o fantasmas. Y es que posiblemente, lo que cautiva y engancha en esta historia es la brillante y certera capacidad de la autora por recrear una atmósfera tan inquietante y sugerente que convierte en terrible lo más banal, en terrorífico lo más cotidiano, en cruel lo aparentemente más normal.

Igual que sucede en el relato antes mencionado, "La lotería" los verdaderos monstruos son las personas normales y corrientes , los vecinos del barrio, los tenderos de la esquina, la gente con la uno se relaciona a diario sin sospechar que esconden un peligroso potencial para infligirnos daño y hacernos sufrir hasta límites insostenibles. Y no solo ellos, quizá los mismos personajes protagonistas de las historias de Jackson no son trigo limpio, quizá esconden sus propios secretos, sus propias maldades. A nosotros, los lectores, nos tocará descubrirlos. La maldad intrínseca en el género humano es lo que aborda Jackson en sus obras, desplegando el tema a través de distintas situaciones y personajes. No es de extrañar que Stephen King o Donna Tartt reconozcan en ella a una maestra pues magistral es su capacidad para atraparnos en sus historias y dejarnos literalmente sin aliento, exhaustos hasta llegar a la última página...y más allá, pues al terminar "Siempre hemos vivido en el castillo", algo de nosotros queda atrapado entre las paredes de la escondida y medio derruida casa de la familia Blackwood, de la que nos vamos, pero fascinados por su historia, no nos importaría volver...



Fotografía del Boulevard literario