miércoles, 21 de junio de 2017

Querida niña, Edith Olivier

"Siempre le resultó difícil dar forma a sus pensamientos, que por lo general se deslizaban indefinidos por el fondo de su mente, sin esperar nunca que los vistieran con palabras. En ese momento, sentada en medio del difuso discurrir de sus meditaciones, Agatha se fue dando cuenta de que ya en otra ocasión había tenido aquella misma sensación de soledad. Su vida, en la que parecía no haber habido nunca nada, ya había estado, sin embargo, vacía como hoy, y vacía de compañía. En silencio buscó en el pasado.
Entonces, un nombre atravesó su conciencia, como algo que de repente cobrara vida: ¡Clarissa!
Sí, era Clarissa, olvidada durante muchos años, y que ahora volvía a su mente no como el recuerdo de una posesión, sino de una pérdida.
Había ocurrido mucho tiempo atrás, y no había sido más que una fantasía infantil"


En la contraportada de "Querida niña" de Edith Olivier, publicada por Editorial Periférica, se define a esta obra como "una novela de 1927 en parte cuento de hadas oscuro y en parte novela psicológica." Y ciertamente, no es ni más ni menos, esto.

"Querida niña" se desarrolla como un cuento o fábula en la que la protagonista, Agatha, una mujer solitaria de 32 años, que acaba de perder a su madre, revive en su mente a Clarissa, su amiga imaginaria de la infancia, a fin de encontrar consuelo y compañía en su soledad, pero lo que en un principio es un juego íntimo y personal acabará convirtiéndose en realidad, y Clarissa tomará forma y cuerpo ante los ojos de todos.
A partir de esta creación imaginaria hecha realidad, empieza a narrarse una especie de fábula sobre la soledad, la necesidad de afecto y compañía, la incapacidad de comunicar y empatizar socialmente, la dificultad por expresar sentimientos, la proyección de ideales y deseos propios en otra persona, la protección llevada al celo extremo, la posesión enfermiza de aquellos a los que amamos.

Es además una fábula sobre la fidelidad, la gratitud, la dependencia, el sentido de la amistad y el amor. Una fábula entorno a los sueños y a lo ideal que de tan perfecto resulta huidizo y fácil de perder.

Una bella historia que se lee como un plácido e incluso aparentemente ingenuo cuento, pero que encierra un profundo y dramático contenido emocional, presentado con un cierto aire de misterio y un sorprendente y ambiguo desenlace.




Fotografía de Boulevard literario  


lunes, 5 de junio de 2017

Regreso a Berlin, Verna B. Carleton

"El exiliado, a su regreso, contempla la tierra que se extiende ante él con ojos agudos y críticos; y con igual claridad observa el mundo exterior y los frágiles puentes de comprensión fabricados por el hombre que siempre andan construyéndose entre ambos, sólo para quedar arrasados al menor desastre. Suspendido en el aire, contemplando ambos mundos con esa perspectiva "universal" que tanto sufrimiento le ha costado, el exiliado sabe que ha abandonado para siempre una fe reconfortante, aunque rígida, en las virtudes de su propio grupo social nativo para sustituirla por una conciencia vasta y trágica de la semejanza de todos los humanos en medio del sufrimiento y la angustia. Así pues, ¿a qué tierra pertenece este exiliado tras su regreso? A ninguna, y, sin embargo, a todas."
Regreso a Berlín, Verna B. Carleton, errata naturae y editorial periférica

"Regreso a Berlín" nos presenta a un personaje, Eric Devon, que se exilió siendo adolescente de la Alemania en guerra y se refugió en Londres donde llega a integrarse como un perfecto ciudadano británico más en la capital inglesa, renegando y ocultando su pasado y orígenes germánicos.
Pero un crucero de placer lo pondrá en contacto con una serie de viajeros entre los que se encuentra un alemán, Herr Guber, cuyos desafortunados comentarios provocarán un cataclismo en el precario equilibrio interior de Eric y propiciarán un viaje a Berlín para reencontrarse y enfrentarse a ese pasado del que ha permanecido ajeno durante tantos años.
En su vuelta a casa lo acompañarán, su paciente esposa Nora y una periodista norteamericana, amiga de la pareja gracias también al crucero, que será la narradora de la historia y que es un claro alter ego de la autora de esta novela, Verna B. Carleton, pues ella misma decidió escribirla a raíz del viaje que hizo a Alemania junto a su amiga fotógrafa Gisèle Freund que había huido del régimen nazi en los años 30.

Así pues, esta novela nos habla acerca de lo que supuso el nazismo en Alemania y por extensión, en el resto de Europa y sus terribles consecuencias, y nos hablará a través de un variado elenco de personajes relacionados con el protagonista ya sea por lazos familiares o fraternales, cada uno de los cuales cuenta su experiencia, su drama personal y los mecanismos de superación para sobrevivir a las extremas condiciones de la guerra y la posguerra.

Eric, como exiliado que se ha mantenido voluntariamente ajeno a todo lo que hacía referencia a su país de origen y a sus compatriotas, aprenderá a ver y juzgar a la Historia a través de los ojos y el testimonio de todas esas personas que supieron encontrar el camino y la manera de seguir adelante, (como explica también Viktor Frankl en ese bello e imprescindible clásico "El hombre en busca de sentido" que ha estado permanentemente en nuestra memoria mientras leíamos "Regreso a Berlín")

Al respecto, resulta interesantísimo, emotivo y tremendamente conmovedor, ir escuchando las distintas voces, los diferentes puntos de vista, sentimientos y reflexiones de cada uno de los personajes cuya suma va componiendo un múltiple caleidoscopio que va mostrando una misma realidad entendida, vivida, sufrida y superada de las más distintas maneras.

La fiel anciana Else, el inquebrantable Franz, la sufrida Käthe...y especialmente, la decidida e íntegra tía Rosie, entre muchos otros, encarnan a miles, millones de víctimas y supervivientes del terror nazi y su testimonio será recogido por Eric, el exiliado, el que ha permanecido lejos y por fin se da cuenta que para redimir su huida, consolar a su atormentada conciencia y poder seguir con coherencia e integridad la vida que le queda por vivir, solo puede hacer una cosa: recuperar y perpetuar la memoria histórica, a fin de que las futuras generaciones no olviden los errores del pasado y no se repitan jamás...

" Un tema de lo más impopular, sin duda. Pero ¿qué más puedo escribir? Nadie conoce mejor que yo la tragedia de un ser que reprime su pasado. Cuánta tragedia y devastación se le añade a eso si es una nación entera la que imagina que puede luchar por recuperar la normalidad tras un periodo de locura colectiva cometiendo ese mismo error: apartando todo pensamiento de lo acontecido e intentando olvidar, olvidar. Lo que tengo que decir lo oirán quizá oídos reticentes y cansados. Pero mi conciencia (me imagino la sonrisita desdeñosa de Albrecht), mi absurdamente "poco realista" conciencia no me dará ni un momento de paz hasta que diga lo que hay que decir. Ahora que soy alemán de nuevo, lo mínimo es hacer todo lo posible, dentro de mis escasas posibilidades, para recordarle a la gente la necesidad de entender su pasado, de asimilarlo y de usar la lección para evitar un futuro aun más horrible."




Fotografía del Boulevard literario





domingo, 28 de mayo de 2017

Domingo, Irène Némirovsky

Un reconocido y normalmente muy atinado crítico literario comentó una vez en una conferencia sobre la obra de Irène Némirovsky que la calidad de sus novelas, y especialmente de la famosa "Suite francesa", estaba muy por encima de sus cuentos.  De hecho, en la conferencia en cuestión, se extendió en su vida y producción novelística, sin apenas mencionar sus relatos, sobre los que comentó que ni se habían traducido al español, dando a entender que esto demostraba que no valía mucho la pena publicarlos.

Casualmente, apenas unos meses después de esta conferencia, Ediciones Salamandra editaba "Domingo", una selección de la narrativa breve de Némirovsky, compuesta por 15 relatos escritos entre 1934 y 1940, que no dudé leer, como gran aficionada al cuento y a Némirovsky, aunque debo reconocer que me enfrenté a la lectura con una cierta prevención y desconfianza al recordar aquella conferencia cuyo ponente no demostró el menor entusiasmo por la calidad de los relatos de la citada escritora.
Una vez leídos, debo decir que, aun desde el respeto que sigo sintiendo por el crítico en cuestión, no comparto para nada su opinión acerca del valor y la calidad literaria de la cuentística de Némirovsky.

Para quien no haya leído nunca nada de esta escritora ucraniana que escribía en francés, este libro de relatos puede ser una buena entrada a su universo creativo, y para quien ya conozca alguna de sus novelas, es una ocasión para descubrir su buen hacer en otro género narrativo.

Los temas, ambientes y personajes de estos relatos son muy parecidos y tienen mucho en común con los que aparecen en sus mejores novelas. Quizá habría que señalar que la brevedad propia del relato obliga a un menor desarrollo de los argumentos y especialmente, un menor análisis introspectivo de la psicología de los personajes, ese intenso despliegue de aspectos físicos y emocionales que Némirovsky suele hacer de sus protagonistas en sus mejores novelas, pero aun así, en esencia, el minucioso y sutil estilo de la escritora es reconocible en todos y cada uno de los relatos.

En los dos primeros, "Domingo" y "Las orillas dichosas" aparece uno de sus tema más recurrentes: la oposición y contraste entre la juventud, frívola, egoísta y despreocupada, y la madurez reflexiva, desengañada y nostálgica, a la par que envidiosa del esplendor de la juventud, dicotomía encarnada normalmente en la relación entre madres e hijas, un tema que tiene mucho de autobiográfico por cuanto atañe a la propia relación que Némirovsky mantuvo con su madre, y que la escritora refleja con distintas variantes en muchas de sus obras, planteando el difícil y frágil vínculo que a menudo se establece entre mujeres de caracteres, físicos, edades y extractos sociales distintos.

El ojo atento y observador de Némirovsky, mira atentamente y no pierde detalle a la hora de analizar y retratar las relaciones personales, los comportamientos y reacciones que se desarrollan entre los más diversos personajes como en "Fraternidad" en el que se plantea abiertamente el tema de la persecución de los judíos y en el que se pone en evidencia las diferencias entre judíos ricos y pobres, la confrontación generacional y la negación de los orígenes por parte de los más afortunados de los que Némirovsky también critica su egoísmo en la "Suite francesa". Y es que quien haya leído la que posiblemente sea su novela más conocida, seguro que evocará muchos pasajes a través de estos cuentos: la imagen saqueada y destrozada de "Aíno", relato que en algún aspecto, quizá por su atmósfera o por la tensión narrativa, recuerda un poco a un cuento gótico; la misma destrucción y el caos del terrible "Los vapores del vino" y los elementos autobiográficos que se entremezclan con las historias, como los nevados y gélidos escenarios de Finlandia o de Ucrania, que aparece por ejemplo en "El conjuro"  y que es recreada con ese estilo evocador y sugerente con el que Némirovsky habla de la naturaleza y el paisaje.

A destacar, "Lazos de sangre" que cuestiona el aparente amor fraternal en una familia, poniendo al descubierto celos y egoísmos de unos personajes débiles y mezquinos que son retratados con cierta ironía y evidente desdén. Asimismo, en "Un hombre honrado", relato que empieza con una descripción del ambiente de una espléndida plasticidad, se analizan los sentimientos paterno-filiales a raíz de un motivo trágicamente inesperado que condicionará  la relación de un padre con su hijo.

Por último mencionar, por su originalidad, "El incendio" y "El desconocido", dos piezas muy curiosas que introducen un giro inesperado en las tramas, unos elementos casi inverosímiles que gracias al talento de Némirovsky quedan perfectamente integrados en el discurso narrativo.

Sin duda, tras la lectura de esta antología recogida en "Domingo", vale la pena reivindicar los cuentos de la autora de la "Suite francesa", porque demuestran que todo su universo personal y creativo puede estar contenido en estas historias breves pero no menos intensas que cualquiera de sus novelas. Ojalá se publiquen más... 






sábado, 27 de mayo de 2017

Un soplo de vida, Clarice Lispector

"Tengo miedo de escribir. Es tan peligroso. Quien lo ha intentado lo sabe. Peligro de hurgar en lo que está oculto, pues el mundo no está en la superficie, está oculto en sus raíces sumergidas en las profundidades del mar. Para escribir tengo que instalarme en el vacío. Es en este vacío donde existo intuitivamente. Pero es un vacío terriblemente peligroso, de él extraigo sangre. Soy un escritor que tiene miedo de la celada de las palabras: Las palabras que digo esconden otras ¿Cuáles? Tal vez las diga. Escribir es una piedra lanzada a lo hondo del pozo.
Meditación leve y suave sobre la nada. Escribo casi totalmente liberado de mi cuerpo. Como si éste levitase. Mi espíritu está vacío por tanta felicidad. Tengo ahora una libertad íntima sólo comparable a un cabalgar sin destino a campo traviesa. Estoy libre de destino. ¿Será mi destino alcanzar la libertad? No hay una arruga en mí espíritu, que se explaya en espuma fugaz. Ya no me siento acosada. Estado de gracia.
Estoy oyendo música. Debussy usa la espuma del mar que muere en la arena, refluyendo y fluyendo. Bach es matemático. Mozart es lo divino impersonal. Chopin cuenta su vida más íntima. Schubert, a través de su yo, llega al clásico yo de todo el mundo. Beethoven es la emulsión humana en tempestad que busca lo divino y sólo lo alcanza en la muerte. Yo, que no pido música, sólo llego al umbral de la palabra nueva. Sin valor para exponerla. Mi vocabulario es triste y a veces Wagneriano.- polifónico-paranoico. Escribo de manen muy sencilla y desnuda. Por eso hiere. Soy un paisaje agrisado y azul. Me elevo en la fuente seca y en la luz fría.
Quiero un escribir desaliñado y estructural como el resultado de escuadras, de compases, de agudos ángulos de un estrecho triángulo enigmático.
¿«Escribir» existe por sí mismo? No. Es sólo el reflejo de una cosa que pregunta. Yo trabajo con lo inesperado. Escribo como escribo, sin saber cómo ni por qué: escribo por fatalidad de voz. Mi timbre soy yo. Escribir es un interrogante. Es así: ?
¿Me estaré traicionando? ¿Estaré desviando el curso de un río? Tengo que confiar en ese río abundante. ¿O habré puesto un azud en el curso de un río? Intento abrir las compuertas, quiero ver brotar el agua con ímpetu. Quiero que haya un clímax en cada frase de este libro.
Paciencia, que los frutos serán sorprendentes.
Este es un libro silencioso. Y habla, habla en voz baja.
Este es un libro flamante: recién salido de la nada. Se toca al piano, delicada y firmemente al piano, y todas las notas son límpidas y perfectas, unas separadas de las otras. Este libro es una paloma mensajera. Escribo para nada y para nadie. Si alguien me lee será por su propia cuenta y riesgo. No hago literatura: sólo vivo al paso del tiempo. El resultado fatal de que yo viva es el acto de escribir. Hace tantos años que me perdí de vista que vacilo en intentar encontrarme. Me da miedo comenzar. Existir me da a veces taquicardia. Me da tanto miedo ser yo. Soy tan peligrosa. Me pusieron un nombre y me apartaron de mí.
Siento que no estoy escribiendo todavía. Presiento y quiero un hablar más fantasioso, más exacto, con mayor arrobamiento, que haga volutas en el aire.
Cada nuevo libro es un viaje. Pero un viaje con los ojos vendados por mares jamás vistos: con la venda en los ojos, el terror de la oscuridad es total. Cuando siento una inspiración, muero de miedo porque sé que de nuevo viajaré sola por un mundo que me rechaza. Pero mis personajes no tienen la culpa de que así sea y entonces los trato lo mejor posible. Ellos vienen de ningún lugar. Son la inspiración. Inspiración no es locura. Es Dios. Mi problema es el miedo a volverme loca. Tengo que controlar Existen leyes que rigen la comunicación. Una condición es la impersonalidad. Separarse e ignorar son el pecado en un sentido general. Y la locura es la tentación de poderlo todo. Mis limitaciones son la materia prima que ha de trabajarse mientras no se alcance el objetivo.
Yo vivo en carne viva, por eso me interesa tanto darle cuerpo a mis personajes. Pero no aguanto y los hago llorar sin venir a qué.
¿Raíces que no están plantadas y se mueven por sí solas o la raíz de un diente? Pues también yo suelto mis amarras: mato lo que me molesta y, como lo bueno y lo malo me molesta voy definitivamente al encuentro de un mundo que está dentro de mí, yo que escribo para librarme de la difícil carga de ser una persona.
En cada palabra late un corazón. Escribir es esa búsqueda de la veracidad íntima de la vida. Vida que me molesta y deja a mi propio corazón trémulo el dolor incalculable que parece necesario para mi maduración: ¿maduración? ¡Hasta ahora he vivido sin madurar!
Sí. Pero parece que ha llegado el momento de aceptar de lleno la vida misteriosa de los que un día morirán. Tengo que comenzar por aceptarme y no sentir el horror punitivo del cada vez que caigo, pues cuando caigo la raza humana cae también conmigo. ¿Aceptarme plenamente? Es una violencia contra mi vida. Cada cambio, cada proyecto nuevo causa asombro: mi corazón está asombrado. Por eso toda palabra mía tiene un corazón donde circula sangre.
Todo lo que aquí escribo está forjado en mi silencio y en la penumbra. Veo poco, casi nada oigo. Me sumerjo por fin en mi hasta la matriz del espíritu que me habita. Mi fuente es oscura. Estoy escribiendo porque no sé qué hacer de mí. Es decir: no sé qué hacer con mi espíritu. El cuerpo informa mucho. Pero yo desconozco las leyes del espíritu. El divaga.”

Un soplo de vida, Clarice Lispector, Siruela

Pintura de Karen Hollingsworth





jueves, 4 de mayo de 2017

El viaje de Octavio, Miguel Bonnefoy

"El viaje de Octavio" es la primera novela que ha publicado Miguel Bonnefoy, un joven escritor francés de padre chileno y madre venezolana. Lo primero que resulta realmente sorprendente es que esta historia esté escrita en francés y que lo que estemos leyendo sea una traducción porque el estilo del texto encaja o sugiere compartir ciertas características del realismo mágico de un García Márquez o una Isabel Allende, ese imaginario riquísimo en metáforas, en color y sabor genuinamente latino que parece estar pensado y escrito en español y no en francés.
Cierto que Bonnefoy es francés de nacimiento pero por sus venas es evidente que late el folklore y la cultura latinoamericana que aquí brota en una prosa burbujeante y plástica, llena de imágenes y matices tradicionales por una parte e imaginarios por otra.

Esta novela que Armaenia Editorial acaba de publicar, narra en poco más de un centenar de páginas un viaje que se desdobla en dos aspectos: físico y emocional, pues el protagonista, el tosco, taciturno, analfabeto pero bondadoso Octavio lleva a cabo un viaje real en el tiempo y el espacio y a su vez, un viaje personal en el que evoluciona y despliega toda su dimensión humana y emocional.

Estamos frente a un libro que muestra y reivindica el imaginario colectivo venezolano, las tradiciones, el arte, la cultura y el paisaje. Bonnefoy bordea el tema político haciendo alusión a través de algún personaje pero no va más allá. No es este el objetivo de la historia. El objetivo es contar una especie de fábula que tiene elementos picarescos y que permite a su autor estructurar a la vez una oda a la escritura, una reivindicación del poder de la literatura. Octavio es analfabeto hasta que una misteriosa mujer llamada alegóricamente Venezuela le enseña a leer y a escribir, y a la vez también le enseña a amar, una combinación milagrosa que desencadena en Octavio una nueva manera de entender y vivir su vida.

Entretejidas en la historia vamos encontrando reflexiones acerca de literatura tan bellas y contundentes como ésta:
"La literatura debía asir la pluma como una espada, mezclarse con la inmensa y tumultuosa comunidad humana, amasarse en la misma arcilla, en el mismo fango, en la misma absurdidad de quienes la servían. Debía tener la cabellera suelta, heroísmo y desgarraduras, un machete en la cintura o una escopeta al hombro. La literatura debía también representar a los que no la leen, para así existir como el aire y como el agua y siempre de otra manera."
O ese maravilloso hallazgo del protagonista en una cueva: una roca inmensa plagada de dibujos, de jeroglíficos en los que Octavio interpreta el nacimiento de la literatura: "Durante mil años, ese gran libro había estado cerrado. Igual que la piedra, había resistido el tiempo. La literatura es, pues, una piedra".

No desvelaremos el final de las peripecias de Octavio porque es mágico e intenso y porque se llega a él sin casi darnos cuenta. La brevedad de esta novela proporciona una lectura sabrosa e intensa que se engulle con avidez de una bocanada, dejando al lector buen sabor y ganas de más. Esperemos que Bonnefoy siga escribiendo y Armaenia Editorial lo siga publicando.






sábado, 29 de abril de 2017

Bajo el árbol de los toraya, Philippe Claudel

Decía Philippe Claudel, en un determinado momento de su primera novela "Almas grises" una frase tan simple como intensa: "Las buenas personas se van pronto. Todo el mundo las quiere, y la muerte también". "Almas grises" fue mi primera toma de contacto, hace ya unos cuantos años, con la escritura de este autor y cineasta francés al que me rendí incondicionalmente al comprobar que toda su producción posterior estaba a la altura de aquella primera obra que tanto disfruté.
A "Almas grises" le siguieron "La nieta del Sr. Linh", "El informe Brodeck", "Aromas" y ahora, "Bajo el árbol de los toraya", todas ellas publicadas por Ediciones Salamandra y entre las cuales resultaría muy difícil, sino imposible, elegir la mejor de todas, porque todas y cada una de ellas conforman el personal universo, intimista, cálido y poético que caracteriza el estilo de Claudel.

"Bajo el árbol de los toraya" enlazaría perfectamente con la cita de "Almas grises" que recordaba al principio, porque en esta novela más bien breve, Claudel nos habla esencialmente de la muerte, y por extensión, de la enfermedad, la vejez, el paso del tiempo y la necesidad de inmortalizar al menos, los recuerdos.

A raíz de un viaje por las islas Célebes, el narrador, probable alter ego de Claudel,  conoce el pueblo de los toraya y sus curiosos ritos funerarios, su especial relación con los seres queridos que mueren y con los que conviven hasta enterrarlos. Un pueblo cuya concepción de la muerte dista mucho del que tenemos en el mundo occidental, y con costumbres tan peculiares como la de enterrar a los niños fallecidos en edad temprana, en el tronco de un árbol gigantesco que con el paso del tiempo, y a medida que va creciendo, se supone que llevará a las criaturas hacia el cielo. A la vuelta de este interesante y pintoresco viaje, el protagonista/narrador de la novela, se enfrentará a la noticia de que su mejor amigo Eugène tiene cáncer, lo cual será el detonante para escribir esta obra en la que reflexionará sobre la importancia de la amistad y la levedad de la existencia, el incierto devenir que pende sobre nuestras cabezas y que se manifiesta llegada la madurez, en forma de pérdidas irreparables.

El narrador, recién cumplidos los 50,  repasa su vida, hace recuento de los amigos que han fallecido y se da cuenta de que hasta el momento todavía han sido pocos, casos aislados, por suicidio o accidente;  pero ahora la vejez va avanzando, y con ella la enfermedad que aguarda silenciosa y ataca implacable cuando llega el momento. La muerte empieza a ser algo más que una sombra en el futuro, se convierte en una certeza cada vez más evidente y cercana. Ahora le ha tocado a su amigo Eugène luchar y perder frente al cáncer, por lo que el narrador a través de la escritura, intentará preservar la memoria, los recuerdos y experiencias vividas con su amigo, de manera que el texto se convierta en su particular árbol de los toraya.

Pero para los demás la vida sigue. Y al que se queda aun vivo, no le toca otra que seguir viviendo, seguir aferrándose a todo aquello por lo que vale la pena vivir, porque no hay más salida que la avanzar con el paso del tiempo: "El remordimiento, el tiempo, la muerte, el recuerdo no son más que las diferentes máscaras de una experiencia para la que el idioma no tiene nombre, aunque podría designarse de un modo simple con la expresión "uso de la vida". Pensándolo bien, toda nuestra existencia consiste en los experimentos que realizamos con ella. No cesamos de construirnos frente al paso del tiempo, inventando estratagemas, máquinas, sentimientos, señuelos para tratar de burlarlo, traicionarlo, intensificarlo, alargarlo o acelerarlo, suspenderlo o disolverlo como un azucarillo en el fondo de una taza"

El final de la vida cierra un círculo. "La muerte nos convierte a todos en niños" le dice Eugène a su amigo poco antes de morir. Y la novela termina con el anuncio de un futuro nacimiento. Todo acaba y todo empieza de nuevo, la vida se sucede a través de las distintas generaciones de individuos que poblamos la Tierra y quizá, salvaguardando la vida de nuestros descendientes y convirtiéndonos para ellos en sus "árboles de los toraya" lograremos encontrar un nuevo y más amplio sentido de la vida y comprender algo mejor nuestra propia existencia.

Claudel no escribe nada nuevo, nada sobre lo que no se haya escrito antes, el material de su novela son los grandes temas que desde siempre han preocupado en mayor o menor medida, en un momento u otro de la vida a todos los hombres: El sentido de la vida, el deterioro del cuerpo, los estragos de la enfermedad, el miedo a la vejez, el valor de la juventud, la amistad, el amor, la paternidad, el arte... pero lo que convierte en espléndida a esta novela es el estilo, la especial sensibilidad y sutileza con la que Claudel describe sus emociones, sus sentimientos, lo que observa, huele, ve, palpa, sus propias experiencias personales que se proyectan hacia el lector, haciéndole partícipe de lo que piensa y siente. El gran mérito de Claudel reside en que sabe verter en la escritura y convertir todo su mundo personal, fusionando sensaciones y reflexiones intelectuales, en un texto tan sencillo como poético, tan tierno como demoledor, tan visceral como sincero.

Una vez más, leer a Claudel ha sido un intenso y gratificante placer del que queda un volumen salpicado de post-it, fragmentos señalados, anotaciones, subrayados... la garantía de poder volver tantas veces como sea necesario a disfrutar de los mejores pasajes de este libro que no son pocos.




Fotografía del Boulevard literario





martes, 25 de abril de 2017

Dime, Mary Robison

Todo buen aficionado a los relatos y a la literatura norteamericana conocerá con toda seguridad a autores como Raymond Carver, Richard Ford o Tobias Wolff, representantes del llamado "realismo sucio", ese movimiento que se desarrolló sobre todo en los años 70 y que se caracteriza por la búsqueda del minimalismo en la narración. Todos los elementos que construyen el relato, personajes, situaciones, escenarios...son descritos y presentados bajo un mínimo de características. Apenas hay descripciones por lo que adjetivos y adverbios, son reducidos al mínimo indispensable mientras que el estilo directo y los diálogos cobran una gran importancia.
Lo cotidiano, escenas hogareñas, familiares, relaciones entre amigos, amantes, padres e hijos, el día a día, el trabajo, el amor, el sexo...lo que vivimos a diario es la materia prima que el "realismo sucio" transforma en literatura, con más o menos crudeza, benevolencia o ironía según el autor.
A este interesante movimiento también se adscriben escritores como John Fante, Charles Bukowski o Chuck  Palahniuk por citar los más conocidos pero...¿hay también mujeres escritoras formando parte de esta corriente literaria?...


Afortunadamente, haberlas, haylas, pero como suele ser habitual, la visibilidad y el reconocimiento, al menos, popular, es mucho menor que el de sus colegas masculinos. Escritoras como Ann Beattie, Amy Hempel, Lydia Davis, Deborah Eisenberg o la misma Mary Robison de la que hoy hablaremos, podrían considerarse herederas de este movimiento que cada una reinterpreta y desarrolla con estilo propio.


De entre todas ella, Mary Robison es considerada fundadora del minimalismo y una excelente prueba de ello son estos treinta relatos recogidos en el volumen "Dime", publicado por Alba editorial, una selección de todos los que ha escrito Robison a lo largo de veinticinco años de carrera literaria, publicados muchos de ellos por primera vez en la revista "The New Yorker".


El primer efecto que provoca la lectura de los relatos de Robison es parecido al que podemos sentir al enfrentarnos por primera vez a un cuadro impresionista que, según vamos observando con detenimiento nos va sugiriendo cada vez nuevos matices, texturas y colores. Hay relatos que parecen simples esbozos, meras pinceladas que sugieren más que no dicen, personajes que parecen surgidos de la nada, interactuando en espacios apenas descritos que entablan diálogos que empiezan y terminan cuando el lector menos lo espera. Pero resulta curioso que al acabar de leer cualquiera de estos treintena cuentos, sentimos la necesidad de  releerlos de nuevo porque la perplejidad que en algún momento nos provocan se convierte en un toque de atención que mueve el interés por releer la historia y conectar de nuevo y mejor, con los personajes y lo que nos cuentan. Y nos cuentan mucho, porque si algo caracteriza el estilo de Robison es el impecable y magistral uso del diálogo, un diálogo que suele ser rápido, ágil, realista pero también en algún momento, y según quién lo maneja, peculiar y un tanto extraño.
Hacía mucho tiempo que una narración sin apenas contexto ni descripciones no nos enganchaba como lo han hecho estos relatos. No tenemos apenas información de los escenarios ni de los mismos personajes, todo se define a través de los diálogos y éstos resultan un prodigio de acierto y efectividad, porque para narrarnos las historias que a Robison le interesa, no le hace falta apenas ningún recurso narrativo más.


No importa ni el antes ni el después de lo que se nos relata. Da lo mismo, no es relevante para lo que la escritora nos cuenta. Casi como a través del objetivo de una cámara se nos muestra una escena, unos personajes que hablan e interactúan y aun sin apenas descripciones, nos hacemos una idea muy precisa, prácticamente, cinematográfica de la acción y de lo que se nos quiere comunicar.

Los personajes de estos cuentos son personas normales y corrientes, sin grandes aventuras ni acontecimientos especiales en sus trayectorias,  hombres y mujeres de todas las edades y condiciones que pasan por la vida con su mochila de problemas más o menos cargada y con más o menos capacidades para resolverlos. No son los sórdidos perdedores de Carver, ni los desafortunados seres que suelen protagonizar los cuentos de Ford, las criaturas de Robison forman parte de la amplia familia de la Humanidad, podríamos ser cualquiera de nosotros, cualquier ser humano anónimo en cualquier momento de su vida. 

No encontraremos en estos relatos ni grandes alegrías, ni grandes fracasos, ni grandes historias ni sórdidas tragedias, tan solo momentos que por su propia sencillez y por el estilo con que los cuenta la autora, brillan con luz propia y nos ayudan a conocer un poco más a nuestros semejantes y por extensión, a nosotros mismos. La pura esencia y finalidad de la buena literatura, tan real como la vida misma.  



Fotografía del Boulevard literario





miércoles, 19 de abril de 2017

Buenos días, guapa, Maxie Wander

A mediados de los años 70, la editorial Der Morgen, propuso al escritor Fred Wander, un reportaje sobre las mujeres alemanas de la RDA. Afortunadamente, Wander tuvo la brillante intuición de delegar el encargo en su mujer, Maxie, que se entregó en cuerpo y alma a la elaboración del proyecto.

Éste consistió en entrevistar y recoger el testimonio de 19 mujeres de las más diferentes edades y profesiones; mujeres del campo y de la ciudad; solteras, casadas, con o sin hijos...un amplio espectro que trata de trazar un retrato de la situación de las alemanas en la RDA en los años 70.

Pero lo que podría ser un simple ensayo, una recopilación de datos y estadísticas, se convierte, bajo la escritura sutil y certera de Maxie Wander, en una selección de 19 voces que dan vida a 19 relatos, 19 historias que independientemente o en su totalidad, enganchan y consiguen trasmitir más información que la que se desprendería de una lista infinita de datos trasladados de la voz al papel, y todo, gracias al posterior tratamiento literario y emocional que Wander aplica al texto.

Se nota al leer "Buenos días, guapa" que es como se titula este libro que ahora publica errata naturae, que durante las entrevistas debió establecerse una corriente de complicidad y comodidad que contribuyó sin duda a que los testimonios recogidos fluyeran con facilidad, incluso con un grado de intimidad mucho mayor al que la misma editorial que encargó el proyecto, hubiera imaginado. Quizá con Fred Wander, el resultado hubiera sido otro, mejor o peor, no lo sabremos nunca, pero lo que nos atreveríamos a decir es que debido a la condición de mujer de Maxie y a esa sensibilidad que se percibe al redactar las entrevistas, la conexión entre escritora y testimonios debió resultar decisiva para la gestación del texto.

19 son las elegidas y la elección, como decíamos cubre un amplio abanico de edades y condiciones. 9 de ellas son jóvenes adolescentes o veinteañeras, chicas que a pesar de sus pocos años demuestran una extraordinaria madurez y un intenso bagaje vital, algunas, y una notable torpeza emocional, otras. Precoces en el sexo, ingenuas e inquietas, han aprendido a vivir a base de experiencias y desencantos. Ni más ni menos que como aprendemos todos, de ahí lo fácil que resulte empatizar con estas mujeres pues aun cuando el contexto socio-cultural y político difiera del nuestro, sus inquietudes, sentimientos, emociones, problemas, alegrías y sinsabores resultan universales.

Quien no conecte con estas jóvenes, quizá entenderá mejor a las 7 entrevistadas que van de los 30 a los 40 y tantos años. En estas entrevistas, el peso de la historia y la política son mayores. Por esto, y por la misma edad de los testimonios, estas 7 entrevistas son más extensas y más profundas. Se ahonda por un lado, en las relaciones personales, especialmente, las relaciones con el sexo opuesto, amantes, novios y maridos; y por otra parte, en las inquietudes intelectuales y profesionales de cada mujer, que a menudo entran en conflicto con la pareja y el cuidado de los hijos. ¿Os resulta familiar?

El broche a las entrevistas lo ponen las dos últimas, cuyas protagonistas tienen 74 y 92 años y son dos mujeres diametralmente opuestas pero con vidas igualmente complejas y admirables. Es en sus testimonios sobre los que más pesa la sombra de la guerra y el fascismo, y en los que se aprecia con toda su riqueza los registros lingüísticos y los giros que Wander a lo largo de la obra intenta dotar a sus entrevistadas, componiendo un retrato lo más fidedigno y ajustado de ellas.

Que nadie se lleve a error creyendo que este libro es de y para mujeres. Claro que lo es, pero no solo para ellas. Es una obra interesante para historiadores, sociólogos, antropólogos...lectores curiosos, inquietos, que disfruten de un texto interesante y bien escrito, que aun publicado en los 70, sigue teniendo plena vigencia... y lo recomendamos para los hombres, en general, que quieran (y deberían) conocer un poco más a fondo el mundo interior, la mentalidad, los sueños, las emociones, las esperanzas y la lucha diaria que representa aun hoy para las mujeres alemanas, y por extensión, para todas las mujeres del mundo, vivir como quieren para poder llegar a ser lo que quieran.



Fotografía del Boulevard literario


martes, 11 de abril de 2017

"Un día en la vida de una mujer sonriente", Margaret Drabble

A pesar de haber escrito una veintena de novelas, varias obras de teatro, diversos ensayos y estudios monográficos literarios e incluso varios guiones, la escritora británica Margaret Drabble tan sólo ha escrito hasta la fecha 13 cuentos, que son los reunidos en el volumen "Un día en la vida de una mujer sonriente", publicado por la Editorial Impedimenta.

¿Son suficientes poco más de una docena de cuentos para juzgar la calidad de esta autora, muy conocida en su país de origen, pero quizá no tanto en nuestro país, donde probablemente es más famosa su hermana, la también escritora A.S. Byatt?
Resulta aventurado valorar toda la obra de un autor basándonos solo en unos pocos cuentos, pero nos arriesgaríamos a decir que sí, que Drabble es una gran escritora y que estos 13 relatos son una manera perfecta para iniciarse en su escritura y conocer su talento.

Cronológicamente los cuentos están escritos desde 1966 hasta el año 2000, lo cual resulta muy interesante porque permite comprobar que la cronología de las historias va de la mano de la evolución de la propia Drabble, como escritora y como mujer.

En los primeros cuentos se aprecia un estilo más objetivo, un punto de vista que, si bien como mujer que es la autora, tiene una lógica implicación emocional y un amplio conocimiento de la situación femenina en su contexto histórico y socio-cultural, nos cuenta la historia desde fuera. Hay un distanciamiento entre narradora y protagonista, siendo ésta casi siempre una joven anónima. En estos primeros relatos parece que no importa tanto el personaje en sí como tal, sino como ejemplo o prototipo de un gran número de mujeres inglesas de la época, injustamente valoradas por su entorno, con muy baja autoestima y tendencia a tomar más de una copa de vez en cuando.  Drabble despliega situaciones generadas, la mayoría de veces, a partir de matrimonios fracasados, amores rotos, profesiones frustradas, vidas insatisfechas y sin perspectivas claras de futuro, en las que a menudo, los hijos son una posible esperanza al proyectar en ellos el amor y la vida que a sus madres les han sido negados.

Aunque posiblemente haya elementos autobiográficos en todos los relatos, es en los últimos, donde se percibe más la presencia de Drabble como narradora-protagonista. En estos cuentos escritos a partir de los años 90, nos encontramos con mujeres maduras, en plena vejez que, curiosamente en los últimos años de su vida consiguen vislumbrar más esperanza y más ilusión en el tiempo que les queda por vivir, que las protagonistas más jóvenes de los primeros relatos. Será quizá debido a la sabiduría que en mayor o menor grado le llega a uno con la experiencia, en la vejez, pero la actitud vital de Elsa, Emma, Hanna o Mary (ellas sí que tienen nombre propio), asume errores, injusticias y desencantos a cambio de perdón por el pasado, encontrando "la felicidad auténtica y permanente de la contemplación sosegada" y "un interés creciente por los sentimientos comunes y el destino compartido de los seres humanos", como dice en palabras de su admirado Wordsworth, la protagonista del último cuento.

Hay una novela de Vita Sackville-West titulada "Toda pasión apagada" en la que una anciana octogenaria se queda viuda y decide vivir a su aire los pocos años que le quedan. Ha sido inevitable que esta entrañable lady inglesa no nos pasara por la cabeza una y otra vez al leer los relatos de Drabble, y no solo por el enfoque vital que plantea, sino por los escenarios, el idílico y silvestre paisaje del campo británico (la Naturaleza despliega su poder y se convierte en un elemento de interacción esencial en los últimos relatos) y esas viejas mansiones decadentes pero hermosas, posibles metáforas de las mismas vidas de sus moradoras.

Otro referente que se nota en la narrativa de Drabble es Virginia Woolf. Como no pensar en su famosa Miss Dalloway, el leer el cuento que da título al libro, relato en el que acompañamos a su protagonista a lo largo de un día de su vida y en el se condensan y resumen gran parte de los postulados que Drabble pone de manifiesto una y otra vez a lo largo del libro: mujeres aparentemente perfectas, en el hogar, en el trabajo, con el marido, los hijos; bellas, eficientes, felices...tan perfectas que resultan imposibles. Mujeres que en un momento dado se rompen, se quiebran y a partir de la rotura, consiguen recomponer o no, sus pedazos.

Cada uno de los cuentos brilla por sí solo, todos tienen su mensaje y su razón de ser, pero de entre todos ellos destacaríamos el conmovedor "Los regalos de la guerra" y el que da título al libro "Un día en la vida de una mujer sonriente", ambos por su singular potencia narrativa, equilibrada, efectiva y contundente. Y los cuatro últimos relatos, los de madurez, porque después de todo, de todas las peripecias y frustraciones, desengaños, injusticias y maltratos que deben afrontar las heroínas de Drabble, aun hay esperanza para ellas.




viernes, 7 de abril de 2017

"Siempre hemos vivido en el castillo", Shirley Jackson

Shirley Jackson escribió 6 novelas, más de 100 relatos, 2 libros autobiográficos, media docena de cuentos para niños y algunos ensayos, una obra de lo más prolífica si tenemos en cuenta que murió a la edad de 48 años de una ataque al corazón, tras una vida marcada por la neurosis y por enfermedades psicosomáticas, entre las que sufrió: depresión, ansiedad, agorafobia...además de adicción a las anfetaminas, al alcohol y obesidad mórbida.


Hay que reconocer que, aun desconociendo este complejo y poco saludable curriculum vital, las imágenes que encontramos de la escritora tampoco nos transmiten una imagen demasiado serena ni equilibrada. Tras unas vistosas gafas de gato se observa una mirada un punto extraviada, turbia, que con el paso del tiempo parece algo enloquecida.


Sea como sea, los relatos de Shirley Jackson (especialmente destacable el terrible y crudo, "La lotería), o esta novela que nos ocupa, "Siempre hemos vivido en el castillo", publicada por la editorial minúscula, son inquietantes, terroríficos en el sentido más real y menos fantástico con el que un autor pueda escribir.


"Siempre hemos vivido en el castillo" es una muestra perfecta de cómo el lector queda atrapado en una trama donde no hay terror explícito, ni sangre, ni muertos ni fantasmas, ningún elemento sobrenatural que sirva para darnos miedo, y a pesar de todo, vamos leyendo con precaución y temor, porque los personajes, los ambientes, las descripciones nos van conduciendo a través de una historia que se lee con tensión, con el corazón en un puño por la incertidumbre de lo que está por venir.


Sabemos que un suceso del pasado ha marcado el presente de la vida de Merricat Blackwood, de su hermana Constance y del anciano tío Julian, recluidos en un viejo caserón, solos y odiados por sus vecinos. La joven Merricat, siempre acompañada por su gato Jonas, con su carácter taciturno, su mundo personal en el que la magia y las setas venenosas ocupan parte de su tiempo, nos hace imaginar al personaje como una posible bruja, pero ¿lo es?

Hay momentos que incluso la atmósfera de la narración está escrita de tal forma que dudamos de si lo que nos está explicando Jackson es real o es todo imaginario, si los personajes son de carne y hueso o fantasmas. Y es que posiblemente, lo que cautiva y engancha en esta historia es la brillante y certera capacidad de la autora por recrear una atmósfera tan inquietante y sugerente que convierte en terrible lo más banal, en terrorífico lo más cotidiano, en cruel lo aparentemente más normal.

Igual que sucede en el relato antes mencionado, "La lotería" los verdaderos monstruos son las personas normales y corrientes , los vecinos del barrio, los tenderos de la esquina, la gente con la uno se relaciona a diario sin sospechar que esconden un peligroso potencial para infligirnos daño y hacernos sufrir hasta límites insostenibles. Y no solo ellos, quizá los mismos personajes protagonistas de las historias de Jackson no son trigo limpio, quizá esconden sus propios secretos, sus propias maldades. A nosotros, los lectores, nos tocará descubrirlos. La maldad intrínseca en el género humano es lo que aborda Jackson en sus obras, desplegando el tema a través de distintas situaciones y personajes. No es de extrañar que Stephen King o Donna Tartt reconozcan en ella a una maestra pues magistral es su capacidad para atraparnos en sus historias y dejarnos literalmente sin aliento, exhaustos hasta llegar a la última página...y más allá, pues al terminar "Siempre hemos vivido en el castillo", algo de nosotros queda atrapado entre las paredes de la escondida y medio derruida casa de la familia Blackwood, de la que nos vamos, pero fascinados por su historia, no nos importaría volver...



Fotografía del Boulevard literario


viernes, 31 de marzo de 2017

"Muñeca maldita", Eduardo Hojman

"Muñeca maldita" es la primera novela del periodista, traductor, editor y escritor argentino, afincado en Barcelona, Eduardo Hojman, publicada por Librooks y con la que ha ganado el Premio Primum Fictum 2016.
Aunque , seamos sinceros, los premios no suelen ser una garantía fiable para valorar una obra literaria, en este caso, hay que reconocer que esta novela se ha ganado merecidamente el galardón.


Bajo la aparente presentación como novela negra, "Muñeca maldita" es en realidad, una obra narrativa que trasciende los parámetros propios del género policíaco combinando muchos otros elementos que enriquecen y estructuran una novela más compleja que desarrolla vías argumentales que van más allá de la simple resolución de un crimen. De hecho, a lo largo de la lectura, hay momentos en los que casi olvidamos que hay un asesinato pendiente de resolver.


Cierto que de entrada, el título nos ha hecho pensar en el Marlowe de Raymond Chandler (aunque luego nos enteramos que "Muñeca maldita" viene del verso de un tango), y la ilustración de la portada nos sugiere que la protagonista será una sensual "femme fatal" que despertará todo tipo de pasiones hasta ser asesinada, pero, cuidado, que título y portada no nos lleven a engaño, porque la novela va por otros derroteros y, por fortuna para el lector exigente, es mucho más interesante que una historia típica y repetida del género.


Para empezar pues, que nadie espere una novela policiaca plagada de crímenes, sangre y violencia. Que nadie espere personajes arquetípicos ni situaciones repetidas hasta la saciedad en las novelas negras. Tenemos entre manos una novela que no se conforma con plantear "crimen y castigo".
"Muñeca maldita" arranca con un crimen, sí, el de la profesora universitaria Alicia Vespérale, y a partir de ahí, Hojman nos va presentando a todo el círculo de amigos, amantes, alumnos, colegas que tenía Alicia, a fin de encontrar entre ellos al presunto asesino, pero este abanico de personajes no sólo sirve para este propósito, sino para conocer y poner al descubierto historias, relaciones, sentimientos, rivalidades, deseos y odios a partir de los que se va tejiendo toda la trama.


El escenario, las calles de Buenos Aires, recreadas con unas descripciones muy vívidas, plásticas y sugerentes; calles abarrotadas de gente y de tráfico, azotadas por la lluvia y el viento, castigadas por las altas temperaturas; paisajes urbanos en los que se alterna la noche y el día, la luz, las sombras, el frío y el calor.
En este Buenos Aires, a veces acogedor, otras, inhóspito, se mueven los protagonistas, actores complejos, bien construidos, creíbles y alejados de tópicos, entre los que posiblemente haya un asesino...o no...


La historia engancha porque Hojman la enriquece con muchos recursos: referencias al contexto histórico y social de la Argentina actual y de los años 70, introduciendo anécdotas y episodios reales que demuestran un riguroso trabajo de documentación (como el de la fotografía del policía abrazando a una madre de Plaza de Mayo); mezcla de géneros dentro de la novela: hay relatos y poemas que van fundiéndose en el hilo narrativo y que aun escritos supuestamente por personajes ficticios, demuestran facetas del propio autor que además de novelista, es cuentista y es poeta.
Hojman demuestra también ser buen conocedor del mundo periodístico y editorial y lo vuelca en el papel dando credibilidad a las situaciones que transcurren en ambos ámbitos.
También maneja con habilidad el punto de vista del narrador, la misma voz, en lugares distintos, desde Buenos Aires y desde Marruecos; relatando pasado y presente, pero sin que el lector se confunda o desoriente. La narración sigue su hilo discursivo siempre hacia delante.
Se agradece el estilo cuidado, con nervio cuando la novela lo exige e incluso con un punto poético y onírico en según que pasajes (muy evocador resulta el sueño del colectivo fantasma) y se agradecen también, esos guiños literarios en las referencias a Borges o en la crítica hacia las nuevas formas de hacer literatura y hacia los nuevos escritores (personaje de Ballesteros).

No faltan pues elementos para que la novela funcione y enganche al lector, no solo de novela negra en particular, sino al lector que aprecie y disfrute la buena literatura, independientemente del género en el que se exprese, pues aquí queda demostrado que lo que algunos consideran un género menor, puede tener tanta calidad literaria como cualquier otro tipo de narrativa.

Sin duda, un buen estreno como novelista que esperamos tenga continuidad.



Fotografía del Boulevard literario





lunes, 27 de marzo de 2017

"Ciudad Esmeralda" de Jennifer Egan

"Ciudad Esmeralda" es un libro de relatos que reúne once cuentos de la escritora norteamericana Jennifer Egan, ganadora del prestigioso Pulitzer por su novela "El tiempo es un canalla" que al igual que "Ciudad Esmeralda", la editorial minúscula ha publicado en nuestro país.

Egan empezó escribiendo y publicando cuentos para distintas revistas y periódicos de su país, hasta lanzar este volumen que nos permite degustar y valorar su quehacer literario en este género , afortunadamente, cada día mejor considerado, que representa el cuento.

El título de esta obra, que pertenece a uno de los relatos que la componen, evoca de entrada a la mítica ciudad de Oz, en la que el brillo, la riqueza y la apariencia, esconden engañosamente la realidad, más prosaica que la magia que nos intenta hacer creer el famoso Mago de Lyman Frank Baum. Esto ya da la pista del sesgo y el cariz que van tomando los cuentos de Egan. El que da título a la obra, narra las vicisitudes de un joven fotógrafo y su novia modelo buscando fama y éxito en la ciudad de los rascacielos, pero New York, igual que la ciudad de Oz, promete más que cumple los sueños de sus habitantes.

Si hay un hilo o una emoción que transcurre a lo largo de todos los relatos y que establece un nexo indisoluble entre ellos es la decepción, el desconcierto, el vacío y la incomprensión que supone para todos los protagonistas de estas once narraciones, el mero hecho de vivir. Todos, en mayor o menor grado, experimentan desazón, angustia y descontento ante la vida que les ha tocado o que han elegido, vivir. No importa si son ricos o pobres, solteros o casados, hombres o mujeres, jóvenes o adultos, los personajes de Egan son seres profundamente insatisfechos que tratan de buscar un rumbo o sentido a su vida pero que se pierden una y otra vez. A veces son las circunstancias, o los demás, o ellos mismos, por su carácter, su inestabilidad emocional o sus obsesiones.

Sea como sea, no hay finales felices. Como mucho, hay finales abiertos, posibilidades, aunque suelen ser mínimas o remotas.

Son cuentos que huyen de la estructura clásica del cuento redondo, con un principio, un desarrollo y un final cerrado. Más bien son retazos, escenas, pinceladas de la vida de unos personajes, vistos a través del ojo desapasionado de la escritora que los crea. Egan nos plantea una situación y se desmarca, parece reprimir su propia emocionalidad para dejar que sea el comportamiento y los sentimientos de sus personajes los que perciba y sienta el lector que deberá extraer sus propias conclusiones e imaginar los posibles desenlaces de las historias que narran cada uno de los cuentos.

De entre todos los relatos, destacaría el que lleva por título, "Una pieza", una muy bien expuesta y resuelta historia de dos hermanos cuya existencia se verá condicionada por una desgracia familiar con imprevisibles consecuencias para ambos.

Ojalá Egan siga publicando relatos porque tras la lectura de "Ciudad Esmeralda", uno se queda con ganas de más.




lunes, 13 de marzo de 2017

El viejo Rivers, Thomas Wolfe

Desde que vi la película "El editor de libros" (cinematográficamente buena, literariamente, cuestionable), con Colin Firth haciendo el papel del editor Maxwell Perkins y a Jude Law interpretando a  Thomas Wolfe, me entraron muchas ganas de leer alguna obra de este autor, hasta ahora, desconocido para mi. Pero investigando sobre la complejidad intelectual del personaje y comprobando en librerías, la extensión y densidad de sus novelas, me desmoralizó un poco leerlo.

Afortunadamente descubrí en el catálogo de Periférica una serie de textos de Wolfe, más breves y asequibles (tanto por tiempo para leer, por economía y creo, incluso, por formación literaria) que nos introducen y nos permiten hacernos una idea bastante aproximada del estilo de este autor norteamericano desbordante y excesivo por lo que parece fue, tanto como persona como escritor, a pesar de que esta breve novela en concreto, como nos apuntan en una nota final los editores de Periférica, tiene un tono muy distinto al resto de la obra de Wolfe.

"El viejo Rivers" (cuyo título juega con el de la famosa canción "Old man river"), es un texto cargado de ironía y crítica hacia un personaje en concreto, Robert Bridges,  uno de los editores del "Scribner's Magazine" que en su día publicó a algunos de los más famosos autores de la llamada Generación Perdida: Hemingway, Scott FitzGerald, Zelda FitzGerald o el mismo Wolfe que se sirve de Bridges para inspirarse en la creación de este entre conmovedor y patético señor Rivers, que también es el vehículo que utiliza Wolfe para criticar el mundo editorial de su época , con el trasfondo de la Depresión del 29 y las graves consecuencias económicas que comportó para la sociedad norteamericana.


La novela es breve, escrita con una prosa trabajada pero ágil, tremendamente pulida y educada, pero cargada de una buena dosis de ironía dirigida a leer la cartilla a los sectores más conservadores y reaccionarios que mandaban y conspiraban en el mundo literario neoyorquino de la época.


"El viejo Rivers", con su aspecto y maneras ya caducas, "sin más talento literario del que cabría holgadamente en el fondo de un dedal, sin más habilidad crítica que la de una maestra rural y sin opiniones más llamativas que las de cualquier dependiente de una tienda (...) había alcanzado una posición a nivel nacional en la que su talento literario se daba por sentado, su habilidad crítica era estimada como una facultad de penetración excepcional y sus opiniones eran ampliamente consideradas y divulgadas con piadosa fidelidad en las páginas del New York Times." 
Alcanzado el reconocimiento social, a Rivers solo le queda ir capeando como puede a los nuevos autores que rompen con la literatura tradicional y que para él suponen un problema a la hora de encajarlos dentro de sus criterios literarios, irse apartando discretamente de los círculos intelectuales y por encima de todo, dejar constancia de su nombre en las páginas del "Who is Who".

Rivers representa los valores de una América ya caduca que deben dejar paso a la modernidad. Wolfe lo tiene claro y arremete sin concesiones contra todo lo que encarna el ya caduco editor pero también resulta imposible que este personaje  ya en el ocaso de su vida profesional y personal no nos inspire una cierta ternura cuando lo imaginamos andando por las calles de Nueva York hacía ese Club Universitario que es su hogar y en el que el solicito Tom le preparará siempre su Old Fashioned, hasta el final de sus días.





jueves, 2 de marzo de 2017

Cordero asado, Roal Dahl

La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente.
Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo.
De vez en cuando echaba una mirada al reloj, pero sin preocupación, simplemente para complacerse de que cada minuto que pasaba acercaba el momento de su llegada. Tenía un aire sonriente y optimista. Su cabeza se inclinaba hacia la costura con entera tranquilidad. Su piel —estaba en el sexto mes del embarazo— había adquirido un maravilloso brillo, los labios suaves y los ojos, de mirada serena, parecían más grandes y más oscuros que antes.
Cuando el reloj marcaba las cinco menos diez, empezó a escuchar, y pocos minutos más tarde, puntual como siempre, oyó rodar los neumáticos sobre la grava y cerrarse la puerta del coche, los pasos que se acercaban, la llave dando vueltas en la cerradura.
Dejó a un lado la costura, se levantó y fue a su encuentro para darle un beso en cuanto entrara.
—¡Hola, querido! —dijo ella.
—¡Hola! —contestó él.
Ella le colgó el abrigo en el armario. Luego volvió y preparó las bebidas, una fuerte para él y otra más floja para ella; después se sentó de nuevo con la costura y su marido enfrente con el alto vaso de whisky entre las manos, moviéndolo de tal forma que los cubitos de hielo golpeaban contra las paredes del vaso. Para ella ésta era una hora maravillosa del día. Sabía que su esposo no quería hablar mucho antes de terminar la primera bebida, y a ella, por su parte, le gustaba sentarse silenciosamente, disfrutando de su compañía después de tantas horas de soledad. Le gustaba vivir con este hombre y sentir —como siente un bañista al calor del sol— la influencia que él irradiaba sobre ella cuando estaban juntos y solos. Le gustaba su manera de sentarse descuidadamente en una silla, su manera de abrir la puerta o de andar por la habitación a grandes zancadas. Le gustaba esa intensa mirada de sus ojos al fijarse en ella y la forma graciosa de su boca, especialmente cuando el cansancio no le dejaba hablar, hasta que el primer vaso de whisky le reanimaba un poco.
—¿Cansado, querido?
—Sí —respondió él—, estoy cansado.
Mientras hablaba, hizo una cosa extraña. Levantó el vaso y bebió su contenido de una sola vez aunque el vaso estaba a medio llenar.
Ella no lo vio, pero lo intuyó al oír el ruido que hacían los cubitos de hielo al volver a dejar él su vaso sobre la mesa. Luego se levantó lentamente para servirse otro vaso.
—Yo te lo serviré —dijo ella, levantándose.
—Siéntate —dijo él secamente.
Al volver observó que el vaso estaba medio lleno de un líquido ambarino.
—Querido, ¿quieres que te traiga las zapatillas? Le observó mientras él bebía el whisky.
—Creo que es una vergüenza para un policía que se va haciendo mayor, como tú, que le hagan andar todo el día —dijo ella.
El no contestó; Mary Maloney inclinó la cabeza de nuevo y continuó con su costura. Cada vez que él se llevaba el vaso a los labios se oía golpear los cubitos contra el cristal.
—Querido, ¿quieres que te traiga un poco de queso? No he hecho cena porque es jueves.
—No —dijo él.
—Si estás demasiado cansado para comer fuera —continuó ella—, no es tarde para que lo digas. Hay carne y otras cosas en la nevera y te lo puedo servir aquí para que no tengas que moverte de la silla.
Sus ojos se volvieron hacia ella; Mary esperó una respuesta, una sonrisa, un signo de asentimiento al menos, pero él no hizo nada de esto.
—Bueno —agregó ella—, te sacaré queso y unas galletas.
—No quiero —dijo él.
Ella se movió impaciente en la silla, mirándole con sus grandes ojos.
—Debes cenar. Yo lo puedo preparar aquí, no me molesta hacerlo. Tengo chuletas de cerdo y cordero
, lo que quieras, todo está en la nevera.
—No me apetece —dijo él.
—¡Pero querido! ¡Tienes que comer! Te lo sacaré y te lo comes, si te apetece.
Se levantó y puso la costura en la mesa, junto a la lámpara.
—Siéntate —dijo él—, siéntate sólo un momento. Desde aquel instante, ella empezó a sentirse atemorizada.
—Vamos —dijo él—, siéntate.
Se sentó de nuevo en su silla, mirándole todo el tiempo con sus grandes y asombrados ojos. El había acabado su segundo vaso y tenía los ojos bajos.
—Tengo algo que decirte.
—¿Qué es ello, querido? ¿Qué pasa?
El se había quedado completamente quieto y mantenía la cabeza agachada de tal forma que la luz de la lámpara le daba en la parte alta de la cara, dejándole la barbilla y la boca en la oscuridad.
—Lo que voy a decirte te va a trastornar un poco, me temo —dijo—, pero lo he pensado bien y he decidido que lo mejor que puedo hacer es decírtelo en seguida. Espero que no me lo reproches demasiado.
Y se lo dijo. No tardó mucho, cuatro o cinco minutos como máximo. Ella no se movió en todo el tiempo, observándolo con una especie de terror mientras él se iba separando de ella más y más, a cada palabra.
—Eso es todo —añadió—, ya sé que es un mal momento para decírtelo, pero no hay otro modo de hacerlo. Naturalmente, te daré dinero y procuraré que estés bien cuidada. Pero no hay necesidad de armar un escándalo. No sería bueno para mi carrera.
Su primer impulso fue no creer una palabra de lo que él había dicho. Se le ocurrió que quizá él no había hablado, que era ella quien se lo había imaginado todo. Quizá si continuara su trabajo como si no hubiera oído nada, luego, cuando hubiera pasado algún tiempo, se encontraría con que nada había ocurrido.
—Prepararé la cena —dijo con voz ahogada.
Esta vez él no contestó.
Mary se levantó y cruzó la habitación. No sentía nada, excepto un poco de náuseas y mareo. Actuaba como un autómata. Bajó hasta la bodega, encendió la luz y metió la mano en el congelador, sacando el primer objeto que encontró. Lo sacó y lo miró. Estaba envuelto en papel, así que lo desenvolvió y lo miró de nuevo.
Era una pierna de cordero.

Muy bien, cenarían pierna de cordero.
Subió con el cordero entre las manos y al entrar en el cuarto de estar encontró a su marido de pie junto a la ventana, de espaldas a ella.
Se detuvo.
—Por el amor de Dios —dijo él al oírla, sin volverse—, no hagas cena para mí. Voy a salir.
En aquel momento, Mary Maloney se acercó a él por detrás y sin pensarlo dos veces levantó la pierna de cordero
congelada y le golpeó en la parte trasera de la cabeza tan fuerte como pudo. Fue como si le hubiera pegado con una barra de acero. Retrocedió un paso, esperando a ver qué pasaba, y lo gracioso fue que él quedó tambaleándose unos segundos antes de caer pesadamente en la alfombra.
La violencia del golpe, el ruido de la mesita al caer por haber sido empujada, la ayudaron a salir de su ensimismamiento.
Salió retrocediendo lentamente, sintiéndose fría y confusa, y se quedó por unos momentos mirando el cuerpo inmóvil de su marido, apretando entre sus dedos el ridículo pedazo de carne que había empleado para matarle.
«Bien —se dijo a sí misma—, ya lo has matado.»
Era extraordinario. Ahora lo veía claro. Empezó a pensar con rapidez. Como esposa de un detective, sabía cuál sería el castigo; de acuerdo. A ella le era indiferente. En realidad sería un descanso. Pero por otra parte. ¿Y el niño? ¿Qué decía la ley acerca de las asesinas que iban a tener un hijo? ¿Los mataban a los dos, madre e hijo? ¿Esperaban hasta el noveno mes? ¿Qué hacían?
Mary Maloney lo ignoraba y no estaba dispuesta a arriesgarse.
Llevó la carne a la cocina, la puso en el horno, encendió éste y la metió dentro. Luego se lavó las manos y subió a su habitación. Se sentó delante del espejo, arregló su cara, puso un poco de rojo en los labios y polvo en las mejillas. Intentó sonreír, pero le salió una mueca. Lo volvió a intentar.
—Hola, Sam —dijo en voz alta. La voz sonaba rara también.
—Quiero patatas, Sam, y también una lata de guisantes.
Eso estaba mejor. La sonrisa y la voz iban mejorando. Lo ensayó varias veces. Luego bajó, cogió el abrigo y salió a la calle por la puerta trasera del jardín.
Todavía no eran las seis y diez y había luz en las tiendas de comestibles.
—Hola, Sam —dijo sonriendo ampliamente al hombre que estaba detrás del mostrador.
—¡Oh, buenas noches, señora Maloney! ¿Cómo está?
—Muy bien, gracias. Quiero patatas, Sam, y una lata de guisantes.
El hombre se volvió de espaldas para alcanzar la lata de guisantes.
—Patrick dijo que estaba cansado y no quería cenar fuera esta noche —le dijo—. Siempre solemos salir los jueves y no tengo verduras en casa.
—¿Quiere carne, señora Maloney?
—No, tengo carne, gracias. Hay en la nevera una pierna de cordero.

—¡Oh!
—No me gusta asarlo cuando está congelado, pero voy a probar esta vez. ¿Usted cree que saldrá bien?
—Personalmente —dijo el tendero—, no creo que haya ninguna diferencia. ¿Quiere estas patatas de Idaho?
—¡Oh, sí, muy bien! Dos de ésas.
—¿Nada más? —El tendero inclinó la cabeza, mirándola con simpatía—. ¿Y para después? ¿Qué le va a dar luego?
—Bueno. ¿Qué me sugiere, Sam?
El hombre echó una mirada a la tienda.
—¿Qué le parece una buena porción de pastel de queso? Sé que le gusta a Patrick.
—Magnífico —dijo ella—, le encanta.
Cuando todo estuvo empaquetado y pagado, sonrió agradablemente y dijo:
—Gracias, Sam. Buenas noches.
Ahora, se decía a sí misma al regresar, iba a reunirse con su marido, que la estaría esperando para cenar; y debía cocinar bien y hacer comida sabrosa porque su marido estaría cansado; y si cuando entrara en la casa encontraba algo raro, trágico o terrible, sería un golpe para ella y se volvería histérica de dolor y de miedo. ¿Es que no lo entienden? Ella no esperaba encontrar nada. Simplemente era la señora Maloney que volvía a casa con las verduras un jueves por la tarde para preparar la cena a su marido.
«Eso es —se dijo a sí misma—, hazlo todo bien y con naturalidad. Si se hacen las cosas de esta manera, no habrá necesidad de fingir.»
Por lo tanto, cuando entró en la cocina por la puerta trasera, iba canturreando una cancioncilla y sonriendo.
—¡Patrick! —llamó—, ¿dónde estás, querido? Puso el paquete sobre la mesa y entró en el cuarto de estar. Cuando le vio en el suelo, con las piernas dobladas y uno de los brazos debajo del cuerpo, fue un verdadero golpe para ella.
Todo su amor y su deseo por él se despertaron en aquel momento. Corrió hacia su cuerpo, se arrodilló a su lado y empezó a llorar amargamente. Fue fácil, no tuvo que fingir.
Unos minutos más tarde, se levantó y fue al teléfono. Sabía el número de la jefatura de Policía, y cuando le contestaron al otro lado del hilo, ella gritó:
—¡Pronto! ¡Vengan en seguida! ¡Patrick ha muerto!
—¿Quién habla?
—La señora Maloney, la señora de Patrick Maloney.
—¿Quiere decir que Patrick Maloney ha muerto?
—Creo que sí —gimió ella—. Está tendido en el suelo y me parece que está muerto.
—Iremos en seguida —dijo el hombre.
El coche vino rápidamente. Mary abrió la puerta a los dos policías. Los reconoció a los dos en seguida —en realidad conocía a casi todos los del distrito— y se echó en los brazos de Jack Nooan, llorando histéricamente. El la llevó con cuidado a una silla y luego fue a reunirse con el otro, que se llamaba O'Malley, el cual estaba arrodillado al lado del cuerpo inmóvil.
—¿Está muerto? —preguntó ella.
—Me temo que sí... ¿qué ha ocurrido?
Brevemente, le contó que había salido a la tienda de comestibles y al volver lo encontró tirado en el suelo. Mientras ella hablaba y lloraba, Nooan descubrió una pequeña herida de sangre cuajada en la cabeza del muerto. Se la mostró a O'Malley y éste, levantándose, fue derecho al teléfono.
Pronto llegaron otros policías. Primero un médico, después dos detectives, a uno de los cuales conocía de nombre. Más tarde, un fotógrafo de la Policía que tomó algunos planos y otro hombre encargado de las huellas dactilares. Se oían cuchicheos por la habitación donde yacía el muerto y los detectives le hicieron muchas preguntas. No obstante, siempre la trataron con amabilidad.
Volvió a contar la historia otra vez, ahora desde el principio. Cuando Patrick llegó ella estaba cosiendo, y él se sintió tan fatigado que no quiso salir a cenar. Dijo que había puesto la carne en el horno —allí estaba, asándose— y se había marchado a la tienda de comestibles a comprar verduras. De vuelta lo había encontrado tendido en el suelo.
—¿A qué tienda ha ido usted? —preguntó uno de los detectives.
Se lo dijo, y entonces el detective se volvió y musitó algo en voz baja al otro detective, que salió inmediatamente a la calle.
«..., parecía normal..., muy contenta..., quería prepararle una buena cena..., guisantes..., pastel de queso..., imposible que ella...»
Transcurrido algún tiempo el fotógrafo y el médico se marcharon y los otros dos hombres entraron y se llevaron el cuerpo en una camilla. Después se fue el hombre de las huellas dactilares. Los dos detectives y los policías se quedaron. Fueron muy amables con ella; Jack Nooan le preguntó si no se iba a marchar a otro sitio, a casa de su hermana, quizá, o con su mujer, que cuidaría de ella y la acostaría.
—No —dijo ella.
No creía en la posibilidad de que pudiera moverse ni un solo metro en aquel momento. ¿Les importaría mucho que se quedara allí hasta que se encontrase mejor? Todavía estaba bajo los efectos de la impresión sufrida.
—Pero ¿no sería mejor que se acostara un poco? —preguntó Jack Nooan.
—No —dijo ella.
Quería estar donde estaba, en esa silla. Un poco más tarde, cuando se sintiera mejor, se levantaría.
La dejaron mientras deambulaban por la casa, cumpliendo su misión. De vez en cuando uno de los detectives le hacía una pregunta. También Jack Nooan le hablaba cuando pasaba por su lado. Su marido, le dijo, había muerto de un golpe en la cabeza con un instrumento pesado, casi seguro una barra de hierro. Ahora buscaban el arma. El asesino podía habérsela llevado consigo, pero también cabía la posibilidad de que la hubiera tirado o escondido en alguna parte.
—Es la vieja historia —dijo él—, encontraremos el arma y tendremos al criminal.
Más tarde, uno de los detectives entró y se sentó a su lado.
—¿Hay algo en la casa que pueda haber servido como arma homicida? —le preguntó—. ¿Le importaría echar una mirada a ver si falta algo, un atizador, por ejemplo, o un jarrón de metal?
—No tenemos jarrones de metal —dijo ella.
—¿Y un atizador?
—No tenemos atizador, pero puede haber algo parecido en el garaje.
La búsqueda continuó.
Ella sabía que había otros policías rodeando la casa. Fuera, oía sus pisadas en la grava y a veces veía la luz de una linterna infiltrarse por las cortinas de la ventana. Empezaba a hacerse tarde, eran cerca de las nueve en el reloj de la repisa de la chimenea. Los cuatro hombres que buscaban por las habitaciones empezaron a sentirse fatigados.
—Jack —dijo ella cuando el sargento Nooan pasó a su lado—, ¿me quiere servir una bebida?
—Sí, claro. ¿Quiere whisky?
—Sí, por favor, pero poco. Me hará sentir mejor. Le tendió el vaso.
—¿Por qué no se sirve usted otro? —dijo ella—; debe de estar muy cansado; por favor, hágalo, se ha portado muy bien conmigo.
—Bueno —contestó él—, no nos está permitido, pero puedo tomar un trago para seguir trabajando.
Uno a uno, fueron llegando los otros y bebieron whisky. Estaban un poco incómodos por la presencia de ella y trataban de consolarla con inútiles palabras.
El sargento Nooan, que rondaba por la cocina, salió y dijo:
—Oiga, señora Maloney. ¿Sabe que tiene el horno encendido y la carne dentro?
—¡Dios mío! —gritó ella—. ¡Es verdad!
—¿Quiere que vaya a apagarlo?
—¿Sería tan amable, Jack? Muchas gracias.
Cuando el sargento regresó por segunda vez lo miró con sus grandes y profundos ojos.
—Jack Nooan —dijo.
—¿Sí?
—¿Me harán un pequeño favor, usted y los otros?
—Si está en nuestras manos, señora Maloney...
—Bien —dijo ella—. Aquí están ustedes, todos buenos amigos de Patrick, tratando de encontrar al hombre que lo mató. Deben de estar hambrientos porque hace rato que ha pasado la hora de la cena, y sé que Patrick, que en gloria esté, nunca me perdonaría que estuviesen en su casa y no les ofreciera hospitalidad. ¿Por qué no se comen el cordero
que está en el horno? Ya estará completamente asado.
—Ni pensarlo —dijo el sargento Nooan.
—Por favor —pidió ella—, por favor, cómanlo. Yo no voy a tocar nada de lo que había en la casa cuando él estaba aquí, pero ustedes sí pueden hacerlo. Me harían un favor si se lo comieran. Luego, pueden continuar su trabajo.
Los policías dudaron un poco, pero tenían hambre y al final decidieron ir a la cocina y cenar. La mujer se quedó donde estaba, oyéndolos a través de la puerta entreabierta. Hablaban entre sí a pesar de tener la boca llena de comida.
—¿Quieres más, Charlie?
—No, será mejor que no lo acabemos.
—Pero ella quiere que lo acabemos, eso fue lo que dijo. Le hacemos un favor.
—Bueno, dame un poco más.
—Debe de haber sido un instrumento terrible el que han usado para matar al pobre Patrick —decía uno de ellos—, el doctor dijo que tenía el cráneo hecho trizas.
—Por eso debería ser fácil de encontrar.
—Eso es lo que a mí me parece.
—Quienquiera que lo hiciera no iba a llevar una cosa así, tan pesada, más tiempo del necesario. Uno de ellos eructó:
—Mi opinión es que tiene que estar aquí, en la casa.
—Probablemente bajo nuestras propias narices. ¿Qué piensas tú, Jack?
En la otra habitación, Mary Maloney empezó a reírse entre dientes.

Cuento "Cordero asado" de Roal Dahl, contenido en "Relatos de lo inesperado"



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