sábado, 28 de febrero de 2015

"-¡Ah, qué imaginación tiene usted!-exclamé-. Yo no soy sino un pobre diablo, un hombre de letras que vive al día. ¿Cómo podría alquilar un palacio por tanto tiempo? Mis medios son tan escasos, mis ingresos tan inseguros, que no sé si dentro de unos meses dispondré de lo suficiente para vivir. Me he permitido, por una vez, un lujo enorme. Pero en cuanto a continuar... 
-¿Le parecen demasiado caras sus habitaciones? Si es así, podría usted disponer de alguna más por la misma suma-respondió prontamente- Podríamos arreglarnos, combinare, como dicen aquí. 
-Ya que me lo pregunta, le diré que las encuentro muy caras. Demasiado caras-afirmé-. Evidentemente, me supone usted más rico de lo que soy. Me miró con desconfianza. 
-¿No vende los libros que escribe? 
-¿Quiere decir si la gente los compra? Algo... muy poco. Mucho menos de lo que yo quisiera. Escribir libros, a menos que se sea un genio (¡y ni aun en ese caso!) es el último camino para llegar a la fortuna. Creo, además, que ya no es posible ganar dinero con la buena literatura. 
-Tal vez no elige temas hermosos. ¿Sobre qué escribe?-preguntó ella implacable. 
-Sobre los libros de otros autores. Soy crítico, comentarista, historiador en pequeña escala repuse. Y me pregunté lo que iría a suceder. "

Los papeles de Aspern, Henry James






viernes, 27 de febrero de 2015

Alice Munro: ¿Abuela o lobo feroz?

Hay una anécdota que me sucedió hace ya algunos años, relacionada con Alice Munro que aún recuerdo con cierta perplejidad. Había leído un relato suyo por Internet y me gustó tanto que quise adquirir alguna de sus obras, por lo que me dirigí a una librería del barrio con la esperanza de encontrar alguna disponible.

Tras rastrear las estanterías sin éxito, fui hacia la dependienta (lo digo con toda la intención, porque de librera, poco) que dormitaba junto al ordenador y le pregunté si disponían de alguna obra de Alice Munro.

La chica despertó de su letargo mirándome como si la hubiera picado un mosquito de la especie más molesta (en este caso, yo) y desperezándose sobre el teclado dijo: "A ver que lo miro...Alice...¿Monroe?, ¿Como Marilyn Monroe?..." Obviamente salí de la librería con las manos vacías y sin saber si echarme a reír o a llorar...Supongo que tiempo después, cuando la canadiense ganó el Nobel de Literatura, la iluminada dependienta no volvió a hacerle la pregunta nunca más a nadie.

En fin, por fortuna, adquirí un primer libro de relatos de Munro por otros canales y confirmé que había descubierto a una magnífica e inusual cuentista que, para empezar, rompió por completo los esquemas del personaje que había compuesto en mi imaginación. Y es que viendo las fotos más habituales de Munro, con una edad ya avanzada, el pelo blanco enmarcado con una cinta, los ojillos chispeantes y la dulce sonrisa, inevitablemente a uno le viene a la cabeza la abuelita de la "Caperucita Roja". Pero...¡oh sorpresa!, al ir leyendo sus cuentos descubrimos que no es precisamente la abuelita, si no más bien el lobo feroz, el auténtico autor de los relatos.

¡Cuidado con llevarse a engaño con Munro! No es la candorosa viejecita que nos explica inocentes cuentos con final feliz. Nada más lejos de la realidad. Para empezar, sus relatos no suelen tener final. De hecho, ni principio. Surgen a menudo de una aparente nada, para dibujar retazos de una vida que nos explotan en la cara con más o menos contundencia, o pasan ante nuestros ojos, de puntillas, dejando tras de sí una tenue estela, una sombra a la que nosotros debemos dar consistencia y  corporeidad.

Munro dice muchísimo más de lo que a simple vista parece, porque cada elipsis, cada falta de información está totalmente pensada y buscada para que el lector lleve a cabo un laborioso trabajo de relleno, y cuando autor y lector trabajan conjuntamente para dar pleno sentido a las historias, es indudable que el texto adquiere aún mayor trascendencia.
Canadiense hasta la médula, la literatura de Alice Munro está absolutamente impregnada del carácter duro, extremo, inhóspito que confieren los paisajes y el clima de su tierra.

Las narraciones se desarrollan siempre dentro de los límites de lo cotidiano, pero no se quedan en la mera anécdota. Munro va más allá, trasciende lo anecdótico de manera que, a través del acontecimiento puntual, del episodios más rutinario del día a día, desarrolla sentimientos, frustraciones, miedos, reflexiones de todo tipo y condición. 

No esperemos relatos alegres y amables, no esperemos historias simpáticas y positivas. Munro es aparentemente sencilla y puede que a simple vista, incluso intrascendente, pero una lectura atenta nos descubre un universo de pasiones contenidas, anhelos, deseos, contradicciones e incertidumbres que nos sorprenden y posicionan en un punto de vista totalmente opuesto del que partíamos al iniciar nuestra lectura.

Empecé esta entrada con una anécdota y termino con otra: Hace unos días, una señora mayor, libro en mano, me abordó en una gran librería de mi ciudad, para pedirme consejo sobre la obra que había elegido comprar. Me confundió con una de las libreras, pero al ver que el volumen que llevaba en la mano era uno de Alice Munro, me ofrecí igualmente a darle mi opinión. "Muy amable, me dijo, es que quiero leer algo de esta escritora y no sé que libro elegir. No me gustan mucho los cuentos.Quería una novela." Tuve que advertirle que Munro no ha escrito novelas (ni siquiera "La vista desde Castle Rock" se puede considerar como tal), pero que si yo tuviera que elegir un volumen que encerrase y describiese a la perfección el universo "munroniano" sería "Mi vida querida". "Creo que le gustará, pero es algo duro", le advertí a la encantadora viejecita que se marchó la mar de contenta y agradecida con el libro recomendado. Al verla marchar, menuda, delgada y con una mata de rizos blancos coronando su cabeza, no pude evitar pensar en la misma Munro. ¿qué tipo de lectora sería?, ¿abuela o lobo feroz?... Nunca sabré si le gustó el libro, pero yo seguiré recomendándolo.





jueves, 26 de febrero de 2015

Discurso de Víctor Hugo sobre la libertad de enseñanza (1850)

DISCURSO SOBRE LA LIBERTAD DE LA ENSEÑANZA, EN LA ASAMBLEA LEGISLATIVA DE FRANCIA [1]
Víctor Hugo
[14 de Enero de 1850]

Yo quiero, lo declaro, la libertad de enseñanza; pero también quiero la vigilancia del Estado, y como yo quiero esta vigilancia efectiva, yo quiero el Estado laico, exclusivamente laico.
Yo quiero, lo repito, la libertad de enseñanza bajo la vigilancia del Estado y no admito que para ejercitarla sean llamados hombres que tienen sobre todo intereses prácticos. Lejos de mí de proscribir la enseñanza religiosa, ¿me comprendéis?, según yo opino ella es más necesaria hoy que ayer. Mientras más grande se hace el hombre, más debe creer. Si más se acerca a Dios más debe verlo.
Yo quiero, pues, y lo quiero sinceramente, firmemente, ardientemente, la enseñanza religiosa de la iglesia y no la enseñanza religiosa de un partido. Yo la quiero sincera y no hipócrita. Yo la quiero con un fin celestial y no con un fin terreno. Yo no quiero que una lámpara destruya a otra; yo no quiero confundir el profesor con el fraile. Sí, si yo consiento una tal mezcla como legislador, la vigilo, abro los seminarios y sobre las congregaciones que enseñan, el ojo del Estado, repito, el ojo del Estado laico, celoso únicamente de su grandeza y de su unidad.
Yo me dirijo pues al partido clerical y le digo: esta Ley es una ley vuestra. Yo no me fío de vosotros. Instruir significa construir.
Yo no quiero confiaros la enseñanza de la juventud, el alma de los niños, el desarrollo de la inteligencia, el desarrollo de las inteligencias nuevas que se abren a la vida, el carácter de las generaciones, es decir, el porvenir de la patria.
Yo no quiero fiaros el porvenir del país, porque fiároslo sería abandonároslo.
Ah, no os confundo con la Iglesia, vosotros sois los parásitos de la Iglesia, sois la maldición crónica de la Iglesia, Ignacio de Loyola es el enemigo de Jesús. Vosotros sois, no los creyentes sino los sectarios de una religión que no comprendéis. Vosotros sois los maquinistas teatrales de la Santidad. No confundáis la Iglesia con vuestros negocios, con vuestras combinaciones, con vuestras ambiciones. No la llaméis Vuestra Madre para hacer de ella vuestra sierva. No la atormentéis y sobre todo, no la igualéis a vosotros. Observad al agravio que le hacéis.
¿No veis como ella, la Iglesia, se ha deprimido desde el día que os tiene sobre sus espaldas?. Vosotros la hacéis amar tan poco que acabaréis por volverla odiosa, os lo digo seriamente; acabará por abandonaros. Dejadle. Cuando hayáis desaparecido, entonces volveremos a ella. Dejadla tranquila a esa venerable Iglesia, a esta venerable madre, dejadla en la soledad, en su abnegación, en su humildad. Es esto lo que forma su grandeza. Su soledad atraerá a la multitud, su abnegación la volverá potente y su humildad la volverá majestuosa.
Vosotros habláis de la enseñanza Religiosa. ¿Sabéis cuál es la verdadera enseñanza religiosa, aquella frente a la cual es necesario postrarse; aquella que no es necesario turbar? Es Vicente de Paul que recoge al niño abandonado. Es el Obispo de Marsella en medio de los coléricos. Es el Obispo de París que se lanza con una sonrisa en los labios en el formidable suburbio de San Antonio y alza el emblema de Cristo sobre la guerra civil y no mira a la muerte con tal de llevar la paz... He aquí la verdadera enseñanza religiosa, real, profunda, eficaz y popular.
Ah, os conocemos, conocemos al partido clerical. Es un partido viejo que tiene su magnífico estado de servicio. Es él quien, para decir verdad, ha descubierto estas dos cosas bellas: la ignorancia y el error. Es él quien prohíbe a la ciencia y al genio ir más allá del misal y que quiere enclaustrar el pensamiento en el dogma. Todos los pasos que ha dado la inteligencia en Europa, los ha hecho a su pesar. Su historia está escrita en el reverso de la historia del progreso humano. Se ha opuesto a todo... no hay un poeta, un escrito, un filósofo, un pensador, que acepten. Y todo lo que ha sido escrito, descubierto, soñado, deducido, ilusionado, enajenado, inventado por los genios, el tesoro de la civilización, la herencia común de las inteligencias, lo rechazan...
Es él quien ha hecho azotar a quien decía que las estrellas no se caerían. Es él quien ha torturado a Campanella por haber afirmado que el número de los mundos es infinito y por haber entrevisto el secreto de la creación.
Es él quien ha perseguido a Harvey por haber encontrado la circulación de la sangre. Para no desmentir a Josué ha encerrado en la cárcel a Galileo; para no desmentir a Pablo ha puesto en prisión a Cristóbal Colón. Descubrir las leyes del cielo era una impiedad; encontrar un mundo era una herejía.
Hace ya mucho tiempo que la conciencia pública se revela contra vosotros y que os pregunta, ¿qué cosa queréis? Hace demasiado tiempo que pretendéis poner una mordaza sobre los labios del espíritu humano.
Ah, Vosotros queréis que os den los pueblos para educarlos. Muy bien; veamos entonces vuestros discípulos, veamos vuestros productos. ¿Qué cosa habéis hecho en Italia? ¿Qué cosa habéis hecho de España? Desde hace muchos siglos vosotros tenéis en vuestras manos, a vuestra discreción dentro de vuestra escuela, bajo vuestra férula, estas dos grandes naciones ilustres entre las más ilustres: ¿Qué habéis hecho con ellas?
Lo digo yo, Gracias a vosotros Italia, de quien ningún hombre que piense puede pronunciar el nombre sin un inexplicable dolor filial. Italia, esta madre de genios y de las naciones que ha esparcido en el universo las más estupefacientes maravillas de la poesía y del arte. Italia que enseño a leer al género humano, Italia hoy no conoce ya el alfabeto.
España, soberbiamente dotada, que había recibido de los romanos su primera civilización y de los árabes la segunda y de la Providencia y a pesar vuestro todo un mundo, América. España ha perdido todo gracias a vosotros, gracias a vuestro yugo embrutecedor, un yugo de degradación y de reblandecimiento. España ha perdido el secreto de la potencia que los romanos le habían enseñado, el genio de las artes que había bebido de los árabes, el mundo que Dios le había dado: En cambio de todo esto que vosotros le habéis hecho perder, ella ha recibido de vosotros mismos: La Inquisición.
La Inquisición que ha quemado sobre las hogueras o sofocado en las prisiones cinco millones de hombres. Leed la historia. La inquisición que exhumaba a los muertos para quemarlos como heréticos. La inquisición declaraba a los hijos de heréticos hasta la segunda generación, infames e indignos de cualquier honor público, exceptuando solamente a aquellas que habían denunciado al padre, la inquisición que, mientras yo hablo, tiene todavía en la biblioteca vaticana los manuscritos de galileo encerrados y sellados con el sello del índice.
Es verdad que para consolar a España de aquello que le habéis dado le habéis puesto el mote de Católica. He aquí vuestras obras maestras. Aquella lumbrera que se llamaba Italia vosotros la habéis extinguido; aquel coloso que se llamaba España, vosotros lo habéis minado. La una es cenizas, la otra es ruinas. ¿Qué cosas queréis hacer ahora de Francia?. Queréis que os diga lo que os molesta. Es esta inmensa luz que hace de la nación francesa la nación que ilumina de tal suerte que sus rayos se extienden sobre todos los puebles del Universo. Y esta luz de Francia y esta libre luz y esta luz que no viene de Roma, sino de Dios, es la que vosotros queréis extinguir y la que Nosotros queremos conservar.
Es un mal juego aquel de hacer entrever, solamente entrever a Francia este ideal -la sacristía soberana-, la libertad traicionada, la inteligencia vencida y ligada, los libros despedazados, el sermón que sustituye a la prensa, la noche cubriendo los espíritus con la sombra del confesionario y de las sotanas y los genios suplantados por los clérigos. Yo lo repito -que el partido clerical se cuide- el Siglo Diecinueve le es contrario.
Con ciertas doctrinas que la lógica inflexible y fatal condena, con doctrinas que dan horror cuando se observan en la historia, sépalo el partido clerical, donde quiera que él esté, donde quiera que él vaya, Cultivará las Revoluciones. Para evitar a Torquemada, caerá en Robespierre. Aquellos que como yo procuran evitar a las naciones los reveses de la anarquía y el adormecimiento sacerdotal, lancen el grito de guerra. Yo soy de aquellos que reclaman en este noble país la libertad y no la opresión, la fe y no el debilitamiento, la fuerza y no la servidumbre, la grandeza y no la nada. ¿Cómo? ¿En este siglo de novedades, de hechos, de descubrimientos, de conquistas, vosotros soñáis en la Inmovilidad? ¿Es en este gran siglo de esperanza que proclamáis la desesperación?
Pues bien, lo repito con profundo dolor, yo que odio las catástrofes, los derrumbamientos, lo repito con la muerte en el alma:
Vosotros no queréis el progreso. Tendréis la Revolución Social.
VÍCTOR HUGO


[1] Esta discurso se corresponde con su intervención en la Asamblea Legislativa de Francia en el debate de un proyecto de Ley, en el cual, con el pretexto de organizar la libertad de enseñanza, establecía, en realidad, el monopolio de la instrucción pública en favor del clero.





miércoles, 25 de febrero de 2015

"El jardín", Constance Fenimore Woolson

A veces es bueno, tras la lectura de una novela intensa por su contenido o muy larga, por su extensión, leer algo más bien corto y ligero que nos haga de puente hacia nuevas lecturas que vuelvan a ser también, ya sea por contenido o extensión algo superiores.
"El jardín" de Constance Fenimore Woolson, es una novela breve, un cuento narrado con cierto aire de fábula que además se nos presenta alegremente ilustrado en esta edición de Periférica.
Lo primero que me llamó la atención al tener el libro en mis manos fue el nombre de la autora, que resultó ser sobrina-nieta de Fenimore Cooper, el famoso autor de "El útimo mohicano". Resulta además que la escritora mantuvo una gran amistad (quizá relación sentimental) con el magistral Henry James. Si sumamos estas dos curiosidades a la bonita y cuidada edición de Periférica, fue inevitable caer en la tentación de leer esta historia de una solterona norteamericana que es seducida por un apuesto italiano que la lleva a vivir con él a su país, concretamente al perdido pueblecito de Asís, en el que Prudence, nuestra heroína descubrirá que con su flamante marido va un lote de siete hijos de la anterior mujer fallecida, un sobrino, un desastrado tío y una insoportable y quisquillosa abuela. Al poco tiempo de casada, el marido fallece y su viuda decide quedarse y tirar adelante esta pintoresca y numerosa família de la que cuidará devotamente, sin recibir nada a cambio. Un único sueño, una única ilusión la mantiene para ir viviendo: poder hacer un jardín frente a su casa. ¿Lo conseguirá?... Leed "El jardín" si queréis saber la respuesta, si buscáis una historia agridulce, con un cierto regusto a moraleja, donde no todos son como parecen ser y donde cada uno persigue y encuentra lo que busca en la vida...o no... 




martes, 17 de febrero de 2015

Hay una soledad susceptible de mecerse...

"Hay una soledad susceptible de mecerse. Los brazos cruzados, las rodillas levantadas; mantener este movimiento, a diferencia del de un barco, serena y contiene al mecedor. Es algo interior...apretadamente envuelto como la piel. Y hay una soledad que vagabundea. El vaivén no logra retenerla. Tiene vida propia. Es una cosa seca y expansiva que hace que el sonido de los propios pies yéndose parezca provenir de un lugar distante."

Beloved, Toni Morrison 




lunes, 16 de febrero de 2015

Del color de la leche

Hay novelas que te atrapan y seducen (o abducen) de tal manera que empiezas a leerlas y es imposible dejarlas hasta que no terminas por completo su lectura.
Me ha sucedido con "Del color de la leche" de Nell Leyshon, publicada por la editorial Sexto Piso, una novela a la que llegué gracias a la recomendación de una buena amiga cuyo criterio literario comparto a menudo. No obstante, informada del argumento, debo reconocer que no me atrajo especialmente y en un primer momento, incluso me echó para atrás..¿Sería una historia melodramática, sensiblera, trágica?...¿Qué me iba a encontrar?
Afortunadamente, le presté la debida atención, entré de pleno en la lectura y me sedujo como hacía tiempo no me seducía una historia y una protagonista tan especial y singular como Mary.
Dice Valeria Luiselli al final del Prólogo: "Lo que sí hay, y lo digo sin temor a la hipérbole irresponsable, es un libro escrito con la urgencia palpitante de un pequeño clásico -pequeño por lo compacto y concentrado de su universo- y una historia poderosa que desciende al bajo fondo de una vida que se disolvió en la escritura y que sólo puede recobrarse en el silencio de nuestra lectura. Un silencio largo, estremecido y lleno de rabia. Pero también, un silencio esperanzado y lleno de admiración"
Totalmente cierto. Tenemos entre las manos una historia inmensa en apenas 170 páginas que nos dejan sin aliento, noqueados, indignados...pero cautivados y llenos de esperanza.
Una vez cerrado el libro, tenemos la certeza de que la historia se va a quedar para siempre en nuestro recuerdo; que el personaje de Mary, esta chiquilla de cabellos blancos, con un defecto en la pierna , una lengua afilada y un verbo desbordante como lo son sus ganas de vivir y aprender, se quedará para siempre entre nuestros personajes de ficción favoritos.
Lo primero que llama la atención de esta novela es su estructura formal, su modo narrativo planteado como si leyéramos directamente el diario escrito por la propia mano de Mary.
La acción es tremendamente ágil. Ambientes y personajes son trazados con precisión, con las pinceladas necesarias para situarnos en cada escenario y para despertar en nosotros, odio o simpatía por aquellos que forman parte de la vida de la protagonista.
Las escenas bucólicas se van sucediendo con las más realistas. Los momentos más dulces y los encuentros más simpáticos, como el de Mary y su abuelo, se solapan con los episodios más amargos, como los violentos arrebatos del padre de la protagonista. Hay personajes que evolucionan, cambian, no siempre para bien, algunos serán meras comparsas y otros, secundarios decisivos para el desenlace de la historia...
A lo largo de la lectura ,cualquier lector perspicaz irá captando indicios que le advertirán que no va a encontrar un final feliz en esta novela. No obstante es un final potente que cierra una novela brillante por lo que cuenta y por lo bien que lo cuenta.
Muy recomendable.






jueves, 12 de febrero de 2015

"Instrucciones para subir una escalera" por Julio Cortázar

Recordamos al inigualable Julio Cortázar, en el aniversario de su fallecimiento en París, el 12 de febrero de 1984, y lo hacemos reproduciendo este breve y original cuento suyo:

Instrucciones para subir una escalera

"Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).
Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso."







viernes, 6 de febrero de 2015

Recordando a Rubén Darío

Recordamos al poeta nicaragüense Rubén Darío, que fallecía en León (Nicaragua), el 6 de febrero de 1916. Y lo hacemos con un poema muy indicado para estos días fríos y desapacibles que han teñido de blanco gran parte de nuestro país:

INVERNAL



Noche. Este viento vagabundo lleva 
las alas entumidas 
y heladas. El gran Andes 
yergue al inmenso azul su blanca cima. 
La nieve cae en copos, 
sus rosas transparentes cristaliza; 
en la ciudad, los delicados hombros 
y gargantas se abrigan; 
ruedan y van los coches, 
suenan alegres pianos, el gas brilla; 
y si no hay un fogón que le caliente, 
el que es pobre tirita. 

Yo estoy con mis radiantes ilusiones 
y mis nostalgias íntimas, 
junto a la chimenea 
bien harta de tizones que crepitan. 
Y me pongo a pensar: ¡Oh! ¡Si estuviese 
ella, la de mis ansias infinitas, 
la de mis sueños locos 
y mis azules noches pensativas! 
¿Cómo? Mirad: 
De la apacible estancia 
en la extensión tranquila 
vertería la lámpara reflejos 
de luces opalinas. 
Dentro, el amor que abrasa; 
fuera, la noche fría; 
el golpe de la lluvia en los cristales, 
y el vendedor que grita 
su monótona y triste melopea 
a las glaciales brisas. 
Dentro, la ronda de mis mil delirios, 
las canciones de notas cristalinas, 
unas manos que toquen mis cabellos, 
un aliento que roce mis mejillas, 
un perfume de amor, mil conmociones, 
mil ardientes caricias; 
ella y yo: los dos juntos, los dos solos; 
la amada y el amado, ¡oh Poesía! 
los besos de sus labios, 
la música triunfante de mis rimas, 
y en la negra y cercana chimenea 
el tuero brillador que estalla en chispas. 

¡Oh! ¡Bien haya el brasero 
lleno de pedrería! 
Topacios y carbunclos, 
rubíes y amatistas 
en la ancha copa etrusca 
repleta de ceniza. 
Los lechos abrigados, 
las almohadas mullidas, 
las pieles de Astrakán, los besos cálidos 
que dan las bocas húmedas y tibias. 
¡Oh, viejo Invierno, salve! 
puesto que traes con las nieves frígidas 
el amor embriagante 
y el vino del placer en tu mochila. 

Sí, estaría a mi lado, 
dándome sus sonrisas, 
ella, la que hace falta a mis estrofas, 
esa que mi cerebro se imagina; 
la que, si estoy en sueños, 
se acerca y me visita; 
ella que, hermosa, tiene 
una carne ideal, grandes pupilas, 
algo del mármol, blanca luz de estrella; 
nerviosa, sensitiva, 
muestra el cuello gentil y delicado 
de las Hebes antiguas; 
bellos gestos de diosa, 
tersos brazos de ninfa, 
lustrosa cabellera 
en la nuca encrespada y recogida 
y ojeras que denuncian 
ansias profundas y pasiones vivas. 
¡Ah, por verla encarnada, 
por gozar sus caricias, 
por sentir en mis labios 
los besos de su amor, diera la vida! 
Entre tanto hace frío. 
Yo contemplo las llamas que se agitan, 
cantando alegres con sus lenguas de oro, 
móviles, caprichosas e intranquilas, 
en la negra y cercana chimenea 
do el tuero brillador estalla en chispas. 

Luego pienso en el coro 
de las alegres liras. 
En la copa labrada, el vino negro, 
la copa hirviente en cuyos bordes brillan 
con iris temblorosos y cambiantes 
como un collar de prismas; 
el vino negro que la sangre enciende, 
y pone el corazón con alegría, 
y hace escribir a los poetas locos 
sonetos áureos y flamantes silvas. 
El Invierno es beodo. 
Cuando soplan sus brisas, 
brotan las viejas cubas 
la sangre de las viñas. 
Sí, yo pintara su cabeza cana 
con corona de pámpanos guarnida. 
El Invierno es galeoto, 
porque en las noches frías 
Paolo besa a Francesca 
en la boca encendida, 
mientras su sangre como fuego corre 
y el corazón ardiendo le palpita. 
?¡Oh crudo Invierno, salve! 
puesto que traes con las nieves frígidas 
el amor embriagante 
y el vino del placer en tu mochila. 

Ardor adolescente, 
miradas y caricias; 
cómo estaría trémula en mis brazos 
la dulce amada mía, 
dándome con sus ojos luz sagrada, 
con su aroma de flor, savia divina. 
En la alcoba la lámpara 
derramando sus luces opalinas; 
oyéndose tan sólo 
suspiros, ecos, risas; 
el ruido de los besos; vla música triunfante de mis rimas, 
y en la negra y cercana chimenea 
el tuero brillador que estalla en chispas. 
Dentro, el amor que abrasa; 
fuera, la noche fría.





miércoles, 4 de febrero de 2015

EL observador de caracoles, Patricia Higsmith


Patricia Highsmith
EL OBSERVADOR DE CARACOLES
Traducción de P. Elías
Cuando el señor Peter Knoppert comenzó a aficionarse a la observación de los caracoles, no imaginaba que los pocos ejemplares con que empezó se convertirían tan pronto en centenares. Apenas dos meses después de que los primeros caracoles fueron llevados al estudio de Knoppert, una treintena de tanques y peceras de vidrio, todos llenos de caracoles, cubrían los muros, descansaban en la mesa escritorio y los alféizares, y hasta comenzaban a extenderse por el suelo. La señora Knoppert desaprobaba todo esto enérgicamente y se negaba a entrar en el estudio. Afirmaba que olía mal, y además una vez pisó accidentalmente un caracol, lo que le causó una sensación horrible que nunca olvidaría. Pero cuanto más sus amigos y su esposa deploraban ese pasatiempo poco habitual y vagamente repulsivo, tanto mas gozo parecía encontrar en él el señor Knoppert.
—Antes nunca me interesó la naturaleza —repetía a menudo el señor Knoppert, quien era socio de una firma de agentes de bolsa y había consagrado toda su vida a la ciencia de las finanzas. Y agregaba—: Pero los caracoles me han abierto los ojos a la belleza del mundo animal.
Si sus amigos comentaban que los caracoles no eran propiamente animales y que su entorno viscoso no podía considerarse un buen ejemplo de la hermosura de la naturaleza, el señor Knoppert les contestaba, con una sonrisa de superioridad, que no sabían sobre los caracoles todo lo que él conocía.
Era cierto. El señor Knoppert había sido testigo de una exhibición que no se describía, o en todo caso no apropiadamente, en ninguna enciclopedia o libro de zoología de cuantos había consultado. El señor Knoppert había entrado una tarde en la codina a buscar un bocado antes de cenar, y casualmente se fijó en que un par de caracoles, en el recipiente de porcelana sobre la escurridera, se comportaban de modo muy extraño. Irguiéndose más o menos sobre sus colas, oscilaban uno frente a otro, exactamente como un par de serpientes hipnotizadas por un flautista. Un momento después, sus rostros se juntaron en un beso de voluptuosa intensidad. El señor Knoppert se acercó y los examinó desde todos los ángulos. Algo mas sucedía: una protuberancia, algo parecido a una oreja, estaba apareciendo en el lado derecho de la cabeza de ambos caracoles. Su instinto le dijo que estaba observando algún tipo de actividad sexual.
Entro la cocinera y le dijo algo, pero el señor Knoppert la hizo callar con un impaciente gesto de la mano. No podía apartar la vista de las encantadas criaturas del recipiente.
Cuando las protuberancias estaban precisamente borde a borde, un filamento blancuzco surgió de una oreja, como otro diminuto tentáculo y trazo un arco hasta la oreja del otro caracol. La primera presunción del Señor Knoppert se desvaneció cuando del otro caracol surgió también un tentáculo. “Qué cosa tan peculiar”, pensó. Los dos tentáculos se retiraron, luego salieron de nuevo y cual si hubiesen encontrado alguna señal invisible, se quedaron fijos en el caracol opuesto. Acercándose todavía más, el señor Knoppert miraba atentamente. La cocinera hizo otro tanto.
—¿Había visto usted jamás algo semejante? preguntó el señor Knoppert.
—No. Deben estar peleándose —contestó con indiferencia la cocinera, y se alejó.
Aquella era una muestra de la ignorancia sobre los caracoles que con el tiempo descubrió en todas partes.
El señor Knoppert continuó observando repetidas veces al par de caracoles por mas de una hora, hasta que primero las orejas y luego los tentáculos se retiraron, y los caracoles relajaron su actitud y ya no se prestaron atención el uno al otro. Pero para entonces, otro par había comenzado a flirtear y se iban levantando lentamente, hasta alcanza la posición de beso. El señor Knoppert le dijo a la cocinera que aquella noche no sirviera caracoles. Se llevó el recipiente que los contenía a su estudio, y en el hogar de los Knoppert ya no se volvieron a comer caracoles.
Aquella noche consultó sus enciclopedias y unos cuantos libros de ciencia que poseía, pero no halló absolutamente nada sobre los hábitos de procreación de los caracoles, aunque se describía en detalle el aburrido ciclo reproductivo de las ostras. Tal vez no había sido un apareamiento lo que había visto, se dijo el señor Knoppert al cabo de uno o dos días. Su esposa, Edna, le pidió que se comiera los caracoles o se librara de ellos —fue por aquel entonces cuando pisó un caracol que se había salido de recipiente y caído al suelo—, y el señor Knoppert tal vez lo hubiese hecho, de no haber encontrado una frase en el Origen de las Especies, de Darwin, en una pagina dedicada a los gastrópodos. La frase estaba en francés, lengua que el señor Knoppert no conocía, pero la palabra sensualité le puso en alerta como a un sabueso que de repente encuentra una pista. Estaba en aquel momento en una biblioteca pública y con ayuda de un diccionario tradujo trabajosamente la frase. Era de menos de cien palabras: indicaba que los caracoles manifestaban en su apareamiento una sensualidad que no se encuentra en ninguna otra especie del reino animal. Eso era todo. La frase pertenecía a unos apuntes de Henri Fabre. Obviamente, Darwin había decidido no traducirla para el lector corriente, dejándola en la lengua original para los pocos eruditos que realmente se interesaran por el tema. Ahora, el señor Knoppert se consideraba uno de esos pocos eruditos y su rostro redondo y sonrosado brillaba de satisfacción.
Se enteró de que sus caracoles eran del tipo de agua fresca, los cuales ponen los huevos en arena o tierra, de modo que colocó tierra húmeda y un platito con agua en una palangana amplia, a la que trasladó sus caracoles. Luego esperó a ver que sucedía. No hubo ni un solo apareamiento. Tomó uno por uno los caracoles y los examinó, sin ver nada que sugiriera una preñez. Pero a uno de los caracoles no lo pudo coger. Diríase que la concha estaba pegada a la tierra. El señor Knoppert sospechó que el caracol había enterrado su cabeza en la tierra para morir.
Pasaron dos días y en la mañana del tercero el señor Knoppert encontró un montoncito de tierra desmenuzada allí donde estuviera el caracol. Con curiosidad, investigó la tierra con ayuda de una cerilla y con gran deleite descubrió un hoyo lleno de brillantes huevecillos. El señor Knoppert llamó a su mujer y a la cocinera para que los vieran. Los huevecillos parecían caviar de gran tamaño, pero eran blancos en vez de negros o rojos.
—Bueno, han de reproducirse de algún modo —comentó la esposa.
El Señor Knoppert no lograba comprender su falta de interés. Durante el tiempo que estaba en casa no pasaba una hora sin que acudiera a mirar los huevecitos. Los observaba todas las mañanas, para ver si había ocurrido algún cambio y por la noche ocupaban su último pensamiento antes de meterse en cama. Además, otro caracol estaba abriendo un hoyo. Y otros dos se emparejaban. El primer montoncito de huevos se volvió de color grisáceo y minúsculas espirales de concha se hicieron discernibles en un lado de cada uno de los huevecillos. La impaciencia del señor Knoppert se agudizó. Por fin llegó una mañana —la decimoctava después de la puesta, según la cuidadosa cuenta del señor Knoppert— en la que miró al hoyo con los huevecitos y vio la primera diminuta cabeza moviéndose, la primera diminuta antena explorando incierta el nido. El señor Knoppert se sentía tan feliz como el padre de un recién nacido. Cada uno de los setenta y tantos huevos del hoyo se abrió milagrosamente a la vida. Había visto todo el ciclo reproductivo llegar a su feliz conclusión. Y el hecho de que nadie, por lo menos nadie que supiese, conociera ni un ápice de lo que él sabía ahora, daba a su conocimiento la emoción de un descubrimiento, el sabor picante de lo esotérico. El señor Knoppert tomó nota de los apareamientos sucesivos y de las puestas. Expuso la biología de los caracoles a sus amigos fascinados, a menudo asqueados, y también a sus invitados, hasta que su esposa, embarazada, acababa por no saber donde mirar
—Pero ¿cuando acabará esto, Peter? Si siguen reproduciéndose como hasta ahora, llegar a ocupar toda la casa —le dijo su mujer cuando llegaron a término quince o veinte puestas.
—No se puede detener a la naturaleza —le replicó él con buen humor—. Solo ocupan el estudio. Todavía hay mucho espacio allí…
De modo que llevó al estudio más peceras y tanques de vidrio. El señor Knoppert fue al mercado y escogió a algunos de los caracoles de aspecto más animado y también un par que vio apareándose sin que el resto del mundo se fijara en ellos. Mas y mas nidos aparecieron en la tierra en el fondo de los tanques y de cada nido salieron arrastrándose, finalmente, de setenta a noventa caracolitos, transparentes como gotas de rocío, deslizándose hacia arriba mas bien que hacia abajo de las tiras de lechuga que el señor Knoppert se apresuraba a poner en los nidos a modo de escaleras comestibles. Los apareamientos eran tan frecuentes que ya ni se preocupó de observarlos. Podían durar veinticuatro horas. Pero nunca disminuía la emoción de contemplar aquel caviar blanco convertirse en conchas y empezar a moverse, por mucho que lo viera y volviera a ver.
Sus colegas en el despacho de agente de bolsa se fijaron en que Peter Knoppert parecía gozar mucho más de la vida. Se mostró más audaz en sus decisiones, más brillante en sus cálculos, hasta algo malévolo en sus planes, pero todo esto traía dinero a la compañía. Por un voto unánime, su salario subió de cuarenta a sesenta mil dólares anuales. Cuando alguien lo felicitaba por sus éxitos, el señor Knoppert los atribuía a sus caracoles y al relajamiento benéfico que le proporcionaba el observarlos.
Pasaba todas las veladas con los caracoles, en el cuarto que ya no era un estudio, sino una especie de acuario. Disfrutaba colocando en los tanques pedazos de lechuga y de patata y de remolacha hervidas, luego abría el sistema de aspersión que había instalado en los tanques para simular la lluvia. Entonces, todos los caracoles se animaban comenzaban a comer, a aparearse o simplemente a deslizarse por el agua con evidente placer. A menudo, el señor Knoppert dejaba que un caracol trepara por su dedo índice —se imaginaba que a sus caracoles les gustaba ese contacto humano— y le daba a comer un pedazo de lechuga mientras lo observaba por todos lados, encontrando en ello tanta satisfacción estética como otra persona la hallaría contemplando un grabado japonés.
El señor Knoppert ya no permitía que nadie pusiera los pies en su estudio. Demasiados caracoles tenían la costumbre de deslizarse por el suelo, de dormirse pegados a los asientos de las sillas o a los lomos de los libros en los estantes. Los caracoles pasaban mucho tiempo durmiendo, especialmente los mas viejos. Pero muchos de ellos, menos indolentes, preferían aparearse. El señor Knoppert estimó que en cualquier momento por lo menos una docena de pares de caracoles estaban besándose. Y había ciertamente, una multitud de caracoles pequeños y de caracoles adolescentes. Era imposible llevar la cuenta. El señor Knoppert contó solamente a los que dormían o que se deslizaban solos por el techo y llegó a algo así como mil cien o mil doscientos. En los tanques, las peceras, la parte inferior de su mesa escritorio y los estantes debían de haber por lo menos cincuenta veces esa cifra. El señor Knoppert se propuso arrancar los caracoles del techo un día de aquellos. Algunos llevaban semanas y temía que no se alimentaran lo suficiente. Pero aquellos días estaba muy ocupado y necesitaba demasiado la tranquilidad que le proporcionaba simplemente el sentarse en su sillón favorito del estudio.
Durante el mes de junio estuvo tan atareado, que muchos días trabajo hasta tarde en su despacho. Los informes se acumulaban, porque era el final del año fiscal. Hacia cálculos, descubría una docena de posibilidades de ganancia y se reservaba las decisiones más audaces y las maniobras menos obvias para sus operaciones privadas. Dentro de un año, pensaba, sería tres o cuatro veces más rico. Ya veía los fondos de sus cuentas corrientes multiplicarse tan fácil y rápidamente como sus caracoles. Se lo dijo a su esposa, que se alegro mucho. Hasta le perdonó el estado ruinoso del estudio y el olor nauseabundo, a pescado, que se iba extendiendo por todo el piso superior,
—De todos modos, me gustaría que echaras una ojeada, Peter, para ver si sucede algo —le dijo con cierta ansiedad una mañana—. Puede haberse volcado un tanque o algo así, y no quisiera que se estropeara la alfombra. No has estado en el estudio, desde hace casi una semana ¿verdad?
En realidad el señor Knopert no había entrado en su estudio desde hacía casi dos semanas. No le dijo a su mujer que la alfombra ya estaba destrozada.
—Subiré esta noche —le prometió.
Pero transcurrieron tres días sin que encontrara tiempo para hacerlo. Entró en el estudio una noche, antes de acostarse, y se quedó sorprendido al encontrar el suelo completamente cubierto por dos o tres capas de caracoles. Le costo cerrar la puerta sin aplastarlos. Los densos racimos de caracoles en los ángulos y rincones hacían parecer redondo el estudio y como si el se hallara en el interior de una enorme piedra aglomerada. El señor Knoppert se apretó los nudillos hasta que chasquearon y miró asombrado a su alrededor. Los caracoles no solo habían cubierto todas las superficies, sino que además millares de ellos colgaban de la araña de cristal formando un grotesco, descomunal racimo.
El señor Knoppert buscó el respaldo de una silla en que apoyarse. Bajo la mano encontró solo gran cantidad de conchas. Se sonrió ligeramente: había caracoles en el asiento, amontonados unos sobre otros, formando un almohadón desigual. Tenía que hacer algo acerca del techo, y hacerlo inmediatamente. Tomo un paraguas que había en un rincón, quito con la mano parte de los caracoles que lo cubrían y aparto los de un rincón de la mesa, para poder subirse a ella. La puntera del paraguas rasgo el papel del techo y entonces el peso de los caracoles arranco hacia abajo una larga tira que quedo colgando hasta casi el suelo. El señor Knoppert se sintió, de súbito, frustrado y furioso. Los rociadores los harían mover. Apretó la palanca que los ponía en funcionamiento.
Los rociadores descargaron agua en todos los tanques y la hirviente actividad del cuarto entero aumento inmediatamente. El señor Knoppert deslizo sus pies por el suelo, entre conchas que se revolcaban sonando como guijarros en una playa y dirigió un par de rociadores hacia el techo. En seguida se dio cuenta que había cometido una equivocación. El papel, al ablandarse con el agua, comenzó a desgarrarse y mientras esquivaba una masa desprendida que caía lentamente del techo, recibió a un lado de la cabeza el golpe de una oscilante guirnalda de caracoles, un golpe realmente fuerte. Cayó sobre una rodilla, aturdido. Convendría abrir una ventana, pensó, porque el aire era asfixiante. Los caracoles le trepaban por los zapatos y las perneras de los pantalones. Sacó los pies con irritación. Se dirigió a la puerta, con el propósito de llamar a uno de los criados para que le ayudara, cuando la araña de cristal le cayó encima. El señor Knopper quedo sentado pesadamente en el suelo: Se dio cuenta de que no habría manera de abrir una ventana porque los caracoles estaban pegados fuertemente en gruesas capas en los alfeizares. Por un instante sintió como si no pudiese levantarse, como si se asfixiara. No era solo el olor mohoso del cuarto, sino que dondequiera que mirara, largas tiras de papel desprendidas de la pared y cubiertas de caracoles le tapaban la vista, como si estuviese en una prisión.
—¡Edna! —gritó, y se asombro del tono apagado, sordo, de su voz. Era como si el cuarto estuviera aislado, insonorizado.
Gateó hasta la puerta, sin fijarse en el mar de caracoles que aplastaba con manos y rodillas. No pudo abrir la puerta. Había tantos caracoles en ella y a lo largo de las juntas, en todas direcciones, que inutilizaban sus esfuerzos.
—¡Edna!
Un caracol se deslizó en su boca. Lo escupió asqueado. El señor Knopert trató de sacudirse los caracoles de los brazos. Pero por cada cien que apartaba, parecía que cuatrocientos trepaban y se agarraban a él como si lo buscaran deliberadamente porque era la única superficie del cuarto relativamente libre. Tenía caracoles sobre los ojos. Cuándo se tambaleaba, al tratar de ponerse de pie, algo le golpeó, algo que el señor Knoppert ni tan solo pudo ver. ¡Estaba perdiendo el sentido! En todo caso, se hallaba otra vez en el suelo. Sus brazos le pesaron como si fuesen de plomo al intentar levantarlos hasta la cara para librar los ojos y la nariz de los cuerpos viscosos y asesinos de los caracoles.
—¡Socorro!
Tragó un caracol. Sofocándose, ensancho la boca para que entrara aire y sintió un caracol que se arrastraba por los labios y la lengua. ¡Aquello era infernal! Los sentía deslizarse como un río viscoso por las piernas, pegándolas al suelo
—¡Brrr…!
El aliento del señor Knoppert salía difícilmente en pequeños soplos. La visión se le oscureció, de un horrible y ondulante color negro. No podía respirar, porque no le era posible alcanzar la nariz con las manos. Tenía las manos inmovilizadas. Entonces, por un ojo entrecerrado, vio directamente frente a él, a pocos centímetros, lo que había sido la planta verde que solía estar en una maceta al lado de la puerta. Pegados a ella un par de caracoles estaban haciendo el amor silenciosamente. Y a su lado, diminutos caracoles, puros como gotas de rocío emergían de un hoyuelo, como un ejército infinito que avanzaba por su mundo cada vez más ancho.



martes, 3 de febrero de 2015

Aniversario del nacimiento de Gertrude Stein

"Gertrude Stein (1874-1946) era la mecenas de los escritores americanos perdidos en París. Hemingway la recuerda con nostalgia. Una cierta generosidad a la vez que una gran tacañería. Sus salones eran frecuentados por la más distinguida bohemia. Picasso le pintó un cuadro famosos. Esta mujer, de genio difícil,  había nacido en Pennsylvania y se graduó en Radcliffe. Dejó un libro inolvidable, The Autobiography of Alice Toklas (1933) mezcla de recuerdos, retratos rápidos, pero sobre todo, expresión de un arte descriptivo muy ágil, basado en una percepción muy profunda de la situación descrita. Hemingway le tenía mucha admiración y le permitió cortar y podar alguno de sus cuentos. Evoca su casa de 27 Rue de Fleurus "al caer la tarde, por amor a la lumbre y los magníficos cuadros y la conversación". Allí se estaba forjando la "lost generation", un grupo de escritores perdidos que alejados de su patria hacían un "arte internacional". Miss Stein se sabía imprescindible, era caprichosa e injusta: estaba formando un método narrativo, basado en prescindir de lo que ella creía accesorio. Así se esbozó el gérmen de su mejor obra Three Lives (1909) (Tres vidas), donde la amargura del argumento quedaba reflejada en un estilo seco y sombrío(...)Así crea un "paraíso artificial" de élite, en el que la bohemia francesa suponía un motivo de inspiración. El método de Tres Vidas era irrepetible, y en París, siguió otro camino, que sería observar lo que hacían tipos tan originales -y simpáticos- como Hemingway, Scott Fitzgerald, Picasso o Ezra Pound. Cuando dejaba ese oficio de "sacerdotisa de la cultura" se convertía en una pensadora que seguía a William james y meditaba en estética. O incluso llegaba a proponer aquel axioma poético "Una rosa es una rosa..."La puntuación de la prosa era su obsesión"

De "Literatura Norteamericana", Cándido Pérez Gallego, Ed. Planeta






lunes, 2 de febrero de 2015

Virginia Woolf y el "Ulises" de Joyce

"Cuando murió Joyce, pocas semanas antes que ella (Virginia Woolf) se suicidara, anota en el Diario (enero 1941):

Me acuerdo de Mrs Weaver, con guantes de lana, trayendo ‘Ulises’ copiado a máquina a nuestra mesa de té de Hogarth House. ¿Dedicaríamos nuestras vidas a imprimirlo? Las indecentes páginas tenían un aire incongruente: ella era muy solterona, abotonada hasta arriba. Y las páginas rezumaban indecencia. Lo metí en un cajón. Un día vino Katherine Mansfield y lo saqué. Ella empezó a leer, ridiculizándolo; luego, de repente, dijo: Pero aquí hay algo: una escena que supongo que habría de figurar en la historia de la literatura... Luego recuerdo a Tom (T. S. Eliot) diciendo –se publicó entonces- ¿Cómo podía volver a escribir nadie después del inmenso prodigio del último capítulo? Por primera vez, que supiera yo, estaba arrebatado, entusiástico. Compré el libro azul y lo leí aquí un verano, creo, con espasmos de maravilla, de descubrimiento, y luego también con largos trechos de intenso aburrimiento... "

Del Prólogo de José María Valverde a la edición de "Ulises" de James Joyce, publicada por Random House Mondadori 


Imagen: "Virginia Woolf smoking", London 1939. Retrato de Giséle Freund